Laos, extenuantes sentimientos encontrados

A ver, voy a ser sincera: no soy fan de la naturaleza. Sí claro, me gustan los perritos y los gatitos, la playa, bucear, los paisajes espectaculares… ¿A quién no? Pero tengo que admitirlo, me gusta la naturaleza “ordenada”. Senderizada (si puede ser hasta pavimentada, mejor), con carteles que me digan a donde ir, y que sea fácil de atravesar. Me llevó mucho tiempo asumirlo, como si fuera algo terrible o si algo estuviera mal en mí; como si no fuera lo “viajeramente correcto” no disfrutar sudar cinco litros de transpiración para hacer 100 metros por un camino difícil con piedras y ramas y bichos que aparecen de todos lados y telas de araña que se te pegan en el cuerpo y charcos de agua y más bichos y humedad y mejor no sigo porque ya me pongo mal mirá! En fin, ¿entienden lo que quiero decir? Yo soy una chica de ciudad, y la naturaleza como Dios la trajo al mundo es demasiado para mí.

Sin embargo, nunca, jamás, never in the puting life, un paisaje urbano me hizo llorar de ese no sé qué que sólo la Naturaleza como Dios la trajo al mundo sabe generar en nosotros. ¡Nunca! Los paisajes que me sacaron el aliento, que me hicieron reír de la felicidad de estar ahí en ese momento, que me sacaron lágrimas amontonadas que nunca sabés de donde vienen pero que te hacen dar ganas de abrazar al Universo y decirle “¡Gracias, sos magia!”, siempre fueron paisajes naturales; esa naturaleza que simplemente ES, que hace tiempo ESTÁ SIENDO, manifestándose para todos y a la vez para nadie, que nos hace darnos cuenta de lo chiquititos y efímeros que somos. ¿Sabés lo que es llorar viendo un Karst? Ojalá lo sepas, ojalá alguna vez sientas lo que yo sentí cuando vi un Karst por primera vez, ¡Porque es único! ¿Y todo gracias a quién? A la Naturaleza, claro está.

En este post la idea es mostrarles un poco esos paisajes naturales increíbles que son parte del norte de Laos. Estuvimos poco tiempo visitando el país, unos quince días en el Norte antes de cruzar a Vietnam; el plan original era cruzarlo de norte a sur pero cambiamos de idea, ya no recuerdo por qué. Algunas de las fotos de esta publicación no son mías, sino que son tomadas de internet. No es haraganería ni “viveza criolla”, sino que mis fotos, tooooodas mis preciadas fotos del viaje, se fueron junto con mi cámara cuando nos robaron (ya hablaré de eso en su momento). Mostrar paisajes sin fotos es un poco contradictorio y por eso recurrí al vasto google… Elegí aquellas que más me recordaban a lo que yo vi, aunque no sean de mi autoría ¡Espero puedan entenderme!

Laos es un país que, como todos, tiene su personalidad. Claro que es parecido a los demás del Sudeste, pero tiene lo suyo. En Laos se duerme siesta a demanda física y no cuando el reloj lo permite, se toma bastante alcohol, y la vida transcurre a un ritmo realmente lento, casi adormecedor. Lo difícil en Laos es moverse, ya sea en transporte público o por cuenta propia: las rutas están en MUY mal estado siendo muchos caminos enteramente de tierra y bastante llenos de pozos, todo lleva bastante tiempo y sobre todo demanda energía y paciencia, y a mí la última se me agota rápido. En Laos viví encontronazos de sentimientos, se me mezclaba el “¿Quién me manda a venir acá? ¡Me quiero ir!” con “Este lugar es hermoso, ¡Menos mal que vine!”. Es un país ideal para quienes son amantes de la naturaleza; para los que no tienen problema en ensuciarse caminando en el barro por algunos kilómetros, o pedalear por rutas imposibles, o en sudar un poco extra con tal de llegar a donde se quiere llegar. La recompensa al esfuerzo es alucinante, ¡Créanme! Pero también estén preparados. Personalmente creo que no volvería a Laos justamente por este problemita mío con la naturaleza no organizada, pero lo recomiendo 100% si no son un poco vagos como yo.

flyicarusfly
¡Qué bueno que es vivir como esta gente! Foto: flyicarusfly.com

Cruce del Mekong y Luang Prabang

Una de las mejores experiencias en Laos, sin dudas, es cruzar el Río Mekong en barco. EL cruce toma dos jornadas de aproximadamente 6 hs de navegación cada una, saliendo de Tailandia y desembarcando finalmente en Luang Prabang (ese epicentro que hace que se les infle el pecho de orgullo a los franceses). Atravesar el Mekong en barco es extremadamente glorioso; la mirada se te pierde en el paisaje, en los árboles que están en la ribera, las rocas que sobresalen cada tanto, el río que fluye poderoso y correntoso… La travesía cansa pero vale la pena totalmente, y para mí es casi fundamental hacerla si se viene desde Tailandia. Sumado al viaje en sí mismo, hay tiempo de sobra para hacer sociales con los demás viajeros, lo que hace que sea más divertido. Particularmente nosotras hicimos el cruce con dos chicos franceses con los que era imposible no pasarla bien; los conocimos en Tailandia y como teníamos el mismo plan aproximado, nos juntamos. A decir verdad estábamos un poco desorientadas, como siempre, y nos pegamos a ellos de una forma que pareciera casual (¿?); coincidimos un poco en Luang Prabang y ya después tomamos rumbos diferentes, ¡Pero la pasamos súper mientras!

SONY DSC
La vista que podés tener desde la ventana del Slow Boat. Foto: easia-travel.com
travelfreaknet-mekong
Sin palabras! foto: travelfreak.net

Luang Prabang es una ciudad hermosa; su arquitectura afrancesada protegida por UNESCO,  sus templos y su ribera con el Mekong la hacen ser sumamente bella, aunque no es reflejo del resto de país. Es más bien una especie de puesta en escena más prolija, ordenada y solvente de lo que es el resto de Laos, gran parte producto de la protección que UNESCO le brinda. De todos modos fue allí donde después de dos meses de viaje volvimos a comer… ¡PAN, pan de verdad! Si en este momento te parece que estoy loca, imaginate que a partir de mañana y durante tiempo indeterminado no vas a poder comer más pan, hasta que dos meses después, cuando ya te habías resignado a nunca más disfrutar de tan simple manjar, ves un puesto que vende decenas de variedades de sándwiches preparados con baguettes, crujientes y esponjositas baguettes, de esas que tienen la corteza bien crocante y adentro son blanditas; ¡Y están calentitas y huelen tan bien! Estoy segura que se te hizo agua la boca, y eso que comiste pan hace un rato… ¡Luang Prabang y sus baguettes por siempre en mi corazón!

los-sangucheeees-altibajosenmochilascom
Tantas baguettes oh por dios vengan a mí! Foto: altibajosenmochilas.com
laos-luang-prabang-mirador
Desde la cima del Monte Phousi, desde donde se ve todo Luang Prabang (aunque nosotras tapemos el paisaje)
neverendingfootsteps-com-lp
Luang Prabang desde el Monte Phousi
luang-prabang-franceses
Fotos impresentables con los chicos de Francia y de Japón!

Vang Vieng

Capital nacional del tubing (no sé qué es el tubing, nunca lo hicimos, creo que tiene algo que ver con gomones y flotar en el río pero no estoy muy segura), Vang Vieng es uno de los grandes atractivos turísticos de Laos y no es para menos: tiene los paisajes más hermosos que yo haya visto en el país, es realmente bello. Muchas veces hay que armarse de paciencia para llegar a donde se quiere llegar, ya sea alquilando motos o bicis; prepararnos para la inminente lluvia que siempre llega en algún momento (si viajamos en temporada de lluvias), tener en cuenta que algunos caminos van a tener mucho barro, y cosas por el estilo. De nuevo, si no les gusta mucho ensuciarse, como es mi caso, puede que esto les genere un cierto estrés, están avisados.

El primer día alquilamos dos motos y nos fuimos a recorrer los alrededores, y ahí fue cuando los vi por primera vez. Seguro no fuera exactamente la primera vez, en el Sudeste este tipo de formación rocosa es bastante común, pero fue la primera vez que los vi tan imponentes, que realmente noté su presencia. La ruta estaba despejada, teníamos campos de arroz a ambos lados y a la derecha, como marcando el camino, los karsts enormes dominaban todo el paisaje. Tienen una presencia imponente, están cubiertos de árboles y los siento más vivos que una montaña, como si fueran más amigables, más cercanos, más humildes. Y sí, qué querés que te diga, lloré viéndolos, creo que todas lloramos. ¿Cómo no te va a conmover semejante perfección? Fue imposible en ese momento no pensar que hacía menos de un año ni sabía de la existencia de un país llamado Laos, y ahora me estaba volando la cabeza. Ese mismo día seguimos paseando, visitamos una cueva ¡nuestra primera cueva! Y encontramos una especie de río/arroyo de montaña súper hermosísimo para remojarnos las patas.

vang-vieng-ruta-linda
Usted sí que sabe señora Naturaleza

laos-vang-vienglaos-vang-vieng-2

vang-vieng-coniya
Nuestro río/arroyo y ¿Dónde está Coni?

Otro día, alquilamos bicicletas. Alquilar vehículos de cualquier tipo es una lotería, te puede salir muy bien o muy mal… Como el alquiler de motos en Laos es bastante más caro que en Tailandia por ejemplo (ya no recuerdo los valores pero era algo así como el doble), decidimos salir a recorrer en bicicleta. Enfrente del hotel alquilaban bicis tipo mountain bike, así que fuimos, elegimos tres y salimos a pasear. El plan era llegar a una cascada que estaba no muy lejos, a unos 5 kilómetros aproximadamente, y si bien nos habían dicho que el camino no era el más lindo de todos, se podía hacer en bici poniéndole onda. De modo que ahí salimos, a pedalear bajo el sol laosiano de las 2 de la tarde, a buscar el camino que nos llevaba a la cascada, ayudándonos de un mapa un tanto precario hecho a mano que nos habían dado el día anterior en el alquiler de motos. Como soy medio vaga, yo hubiera alquilado motos, pero pedalear por la ruta no era tan terrible después de todo, y tras unas idas y venidas finalmente dimos con el camino que nos iba a llevar a la cascada en cuestión. El camino por supuesto, era de tierra, y tenía una leve pendiente hacia arriba que hacía que todo el camino fuera en una subida lenta y sostenida. El calor era terriiiiiiible, no puedo enfatizar cuánto, y por supuesto la transpiración no se hizo esperar. Y mi fastidio tampoco (¿¡Por qué sos así Ayelén,  por qué sos así?!). Sumado a esto mi bicicleta tenía algunos problemitas con los cambios, y por problemitas me refiero a un “clac clac claclac… clac clac claclac” incesante cada vez que tenía que hacer un poquito más de fuerza para avanzar, lo que terminaba haciendo que me tuviera que bajar y caminar al lado directamente. En fin, que llegué al punto de anunciarles a mis compañeras de viaje que “¡la próxima vez yo me alquilo una moto y ustedes si quieren se van en bicicleta!” seguido de una sarta de puteadas destinadas a mi vehículo no veloz. Puedo llegar a niveles insospechados de ser insoportable cuando estoy fastidiosa, no lo puedo evitar.

Finalmente entre clacs clacs y clacs clacs logramos llegar a la cascada, ¡Que por cierto era muy linda! El agua era súper fresca, no había peces picapies, y la caída de agua servía como el mejor de los hidromasajes que uno puede esperar. (Las fotos se las debo, usen su imaginación). Otra vez, la Naturaleza mostrándome que sí, a veces es difícil llegar y que sí, te vas a preguntar “¿Para qué mierda vine?”. Hasta que llegás a destino y decís “ah ok, ¡Por esto es que vine! Perdón Naturaleza, nunca más voy a dudar de vos pero… ¿Podrías considerar la próxima vez ser más fácil de transitar?”

Anuncios

Aquellos rincones de Vietnam que sólo una moto te puede mostrar

Siempre que me preguntan digo que Vietnam es mi favorito en lo que hasta ahora hemos recorrido en nuestro viaje por el Sudeste, y creo que gran parte de ese favoritismo se debe a la forma en que lo recorrimos, esto es, en moto. Las motos nos llevaron a lugares donde los colectivos no llegan, o por caminos que habitualmente no toman; gracias a las motos vimos otro Vietnam, menos turístico y más autóctono; conocimos ciudades como Viettri -que si bien “no tiene nada”, para nosotras tuvo un encanto que hace que la recordemos con una sonrisa- y pueblos de montaña perdidos en el mapa; entre talleres mecánicos y lluvias arreciantes nuestra tenacidad fue puesta a prueba más de una vez y superamos obstáculos que nunca antes se nos hubieran presentado en un bus. Nos invitaron a un cumpleaños, en los puestos de frutas más de una vez nos regalaron sus productos, y familias vietnamitas nos ofrecieron refugio de la lluvia en sus almacenes de ruta, comunicándose con nosotras sobre todo con sonrisas y gestos, a falta de idioma que nos uniera. Estas cosas posiblemente no hubieran sucedido viajando de modo “tradicional”; anécdotas hay muchas pero el espíritu de esto es mostrarles un poco de todos esos lugares a los que llegamos gracias a nuestras motos. Ajustense el casco que ya salimos!

Todo viaje de carretera requiere música para ser completo, y para cada lugar, hay una canción que te transporta. Las que elegí acá estaban entre mi lista de reproducción, y cosas mágicas pasaron mientras las escuchaba. Los invito a escucharlas mientras leen. 

Sapa y alrededores

Scar tissue – Red Hot Chili Peppers

Y qué tiene de inexplorado Sapa, si todo el turismo se concentra ahí? Ciertamente es así, pero a escasos kilómetros de distancia la aglomeración de gente cambia, y lo que prevalece es el paisaje.

Por caminos de montaña sinuosos, que bordean escarpados precipicios que por momentos no dan lugar a error, se ven infinitas montañas rodeadas de nubes. Cubiertas de árboles, muestran muchos tonos de verde, de a ratos más claros, de a ratos más oscuros, un manto uniformemente heterogéneo, con una textura que de lejos parece esponjosa. Los valles que forman están escalonados, sembrados de arroz que crece con un verde brillante que destaca, millones de briznas que dan ganas de acariciar con la mano abierta y sentir esa sensación de cosquilleo, la misma que se siente al acariciar el pasto cuando está un poco largo y es suave. A veces los valles se ocultan por completo en un mar de nubes, y mirar hacia abajo es como mirar dentro de la fuente donde se mezcla el algodón de azúcar; las nubes se atreven un poco más y por momentos se posan sobre el camino, hace frío y se siente húmedo cuando se respiran las nubes!

wp_20160823_15_15_48_pro

p1010200

p1010156p1010178

p1010211
Tampoco faltan los ríos de montaña

p1010212

Nuestro recorrido nos llevó por pueblitos perdidos como Sin Ho, Ta Phin, Pong Tho, todos cerca de Sa Pa pero lo suficientemente alejados como para que sientas que el paisaje es sólo para vos. Les gustó Sa Pa? Preparen malla y bronceador que nos vamos a la playa!

*El recorrido por los alrededores de Sa Pa fue tomado de la guía de viajes www.vietnamcoracle.com , para con la cual estamos eternamente agradecidas.

La playa de Bien Tien, Cam Ranh

The science of selling yourself short – less than jake

A 40 km al sur de Nha Trang se encuentra la ciudad de Cam Ranh. Ciudad costera que misteriosamente no explota turísticamente ese atributo, es el hogar de la playa más linda que vi en Vietnam, la oculta playa de Bien Tien.

wp_20160907_12_47_29_pro
El camino a Cam Ranh ya es alucinante!

Para llegar tenemos que tomar un desvío por un camino menor, aunque sorpresivamente señalizado con una flecha. Ahi vamos entonces, con el sol en la espalda a disfrutar del mar! El camino es fácil, en su último tramo arenoso (cuidado con perder el equilibrio) y rodeado de vegetación. Por la zona hay algunos chivos que van y vienen, comiendo cualquier planta que se les cruce. Sin andar mucho bajamos a la playa a la primera oportunidad, y sonreímos, que más se puede hacer? La arena es blanca, el mar verde y el cielo azul, con algunas nubes para completar el colorido. A cierta distancia, las colinas rocosas abrazan y contienen la costa, por lo que el mar es calmo y bien transparente. En el agua nos vemos los pies tan claramente como si estuviéramos en la arena, también se ven peces (no muchos), blancos atigrados que van y vienen por la costa. No queda más que relajarse, tomar sol y disfrutar del paraíso que es Bien Tien, mi lugar favorito de Vietnam.

p1010237

img_20160922_193925

Como si fuera poco, cerca de la playa hay un camino que tiene las vistas marinas más espectaculares que hayamos visto hasta ahora. Esta ruta se extiende por unos 17 kilómetros, y al ser montañosa nos da una perspectiva en altura del paisaje que nos acompaña.

Yendo pegadito a los acantilados, se ve el mar. Eterno, calmo -estamos en una bahia- con alguna que otra ola rompiendo suave en la costa, se extiende y se pierde en el horizonte, salpicado de islas también montañosas, cubiertas de árboles y rodeadas de rocas. Su color entre azul y verde se ve intensificado por el brillo del sol sobre él. Cada tanto se puede ver alguna que otra playa, inaccesible desde la ruta a no ser que nos aventuremos a desdender entre las rocas, cosa que por el momento no vamos a hacer.

p1010241

p1010245

p1010251
Haciendo pavadas en las rocas 🙂

Después de una curva se abre ante nosotros un paisaje de postal. En un estrecho formado entre el continente y una isla cercana, muchos barcos están anclados, algunos en un muelle y otros simplemente reposando en el mar. Algunos blancos, otros verde agua o azules, forman un grupo bastante pintoresco de ver; en la costa de la isla hay un edificio que parece ser un resort, con sus muchas ventanas viendo hacia el mar, algunas de ellas encendidas con la luz de sus habitaciones. El paisaje es por demás hermoso y las áreas de descanso de la ruta están puestas estratégicamente para que nos paremos a verlo y disfrutarlo. Después de un día de playa, podemos regalarnos un atardecer desde los miradores, antes de volver a nuestras motos y seguir la aventura. Preparense que se viene una ruta que hasta de nombre ya impone presencia…

*Esta playa la descubrimos gracias a www.travelfish.org , otra de nuestras guías maestras de viaje por el Sudeste Asiático.

Ruta Ho Chi Minh

Cotton fields – Creedence

El paisaje es el que predomina en todo Vietnam, montañoso y repleto de arrozales. De a momentos la ruta discurre entre las montañas, con laderas rocosas que se alzan a nuestro lado, y con paisajes que caprichosamente se dejan entrever entre la vegetación que se encuentra a la vera del camino, para luego volver a ocultarse tras de ella. Por esta ruta viajamos cuatro días yendo al sur. Emblemática e histórica, la ruta Ho Chi Minh merece una mención de honor en mi listado. Lamentablemente no hay muchas fotos de “la Ho Chi Ruta” (nos encariñamos tanto con ella que hasta le pusimos un apodo) y es que si hubiésemos parado a sacar una en cada lugar que nos gustaba, no nos alcanzaba la visa -o la vida- para fotografiarlos todos.

Lo que puede describir un poco el cariño por la Ho Chi Ruta es la siguiente historia: estábamos promediando una jornada de viaje y teníamos que hacer un cambio de aceite, de modo que entramos en el primer pueblo que el GPS nos sugería. Sin mayores inconvenientes encontramos un taller, nos hicimos entender entre señas, y después de 15 minutos estábamos listas para seguir. Antes de volver a la ruta, paramos en un puesto a comprar frutas, teníamos mucho hambre y era lo único que había en la zona. La señora que atendía estaba comiendo un pomelo (en Vietnam hay unos pomelos gigantes, del tamaño de un melón chico) y no hablaba inglés, pero otra vez, entre señas, nos hicimos entender. Sólo le pedimos unas bananas, para no gastar mucho. Ella estaba muy entusiasmada porque paramos a comprar sus frutas, y nos trataba como clientes de honor. Tanto es así, que cuando nos dio nuestra bolsa nos llevamos una sorpresa. No sólo había puesto las bananas que habíamos elegido, sino que puso además otro manojo igual de grande, junto con un pomelo pelado y cortado, listo para comer. Esa mujer, con su humilde puesto de frutas, nos estaba regalando lo que normalmente vendería, simplemente por amabilidad! Tal es así la magia de la Ho Chi Ruta. Quizás así puede sonar banal -unas bananas y un pomelo- pero lo que cuenta es la actitud; esa fue la manera que la señora encontró para hacernos amigas por un ratito y siempre la vamos a recordar como La señora que nos regaló frutas en la Ho Chi Ruta.

Historias de Ho Chi Ruta hay muchas, no así fotos. Las pocas que tengo son de celular, pero las comparto con ustedes igual, a falta de algo mejor.

wp_20160902_11_12_40_pro

wp_20160902_12_39_53_pro

wp_20160902_13_10_50_prowp_20160903_13_48_38_pro

wp_20160903_13_56_24_pro
Algunas están sacadas en movimiento desde la moto!
wp_20160903_18_14_46_pro
Atardecer llegando a destino, en la querida Ho Chi Ruta

Bonus track: paisajes de la Ruta Ho Chi Minh

Here comes the sun – the beatles

En ese momento, llegamos a la parte más alta de una curva vertical y el paisaje me dejó sin aliento. Las montañas se desplegaban ante nosotras, a lo lejos pero igualmente imponentes, siempre cubiertas de verde, siempre hermosas. El sol asomaba entre las nubes, haciendo brillar el color único de los campos de arroz, también siempre verdes, también siempre hermosos. Se veían, resaltando entre las briznas algunos sombreros típicos vietnamitas, esos de paja con forma de cono que normalmente asociamos con China; eran los trabajadores del campo, plantando más arroz, cuidando el que ya crecía, yendo de un lado al otro, siguiendo probablemente una rutina que para mí era completamente nueva.

Sonaba esta canción y adelante mío se desplegaba todo eso que hace de la Ruta Ho Chi Minh un camino hermoso; sus montañas imponentes adelante y a los lados, se ven siempre tan impasibles, tan eternas y ajenas al tiempo. Y esta canción, en este momento justo, de esas maravillas que solamente los Beatles podían crear… El paisaje en si mismo no era diferente del que se ve comúnmente en Vietnam, pero estando ahi, en una moto, tan expuesta a su belleza, sin ventanilla o techo que se interpusiera entre mis ojos y el Todo, fue algo increíble de vivenciar. Mentiría si dijera que no se me aguo un poco la mirada; fue uno de esos momentos de plena conciencia, esos que de una palmada en la nuca nos dicen “ey, date cuenta donde estás!”. Y yo estaba ahí, en una moto – mi primera moto – recorriendo y viendo todo lo que un año  antes pensaba que vería, pero teniendolo frente a los ojos me di cuenta que es inmensamente más emocionante verlo que cualquier idea que pudiera haberme hecho.

El camino siguió discurriendo por zonas planas; la música cambió, el momento pasó, y lo que queda es esa fotografía mental de la Ho Chi Ruta, que espero se me quede grabada para siempre.

Cuando fuimos felices remando en Halong Bay

Después del último episodio de Aquel día en moto en el que todo salió mal, donde terminamos gastando 80 dólares para arreglar nuestra moto y poder seguir viaje, llegamos finalmente al pueblo de Halong. El objetivo era contratar desde allí un tour que nos llevase a navegar por la Bahía de Halong, un lugar de ensueño en donde las rocas kársticas se erigen en el medio del mar, cubiertas en partes por mantos verdes y dejando entrever la roca gris y escarpada que tanto las caracteriza. Personalmente tenía mis dudas respecto a contratar una excursión porque habíamos leído de muchas, muchísimas estafas en estos barcos; que no daban lo que prometian, que desaparecían cosas y nadie daba respuestas, que los paseos eran bastante decepcionantes… aunque también habíamos conocido a mucha gente que decía habérselo pasado muy bien, yo estaba un tanto escéptica.

Resultó ser que Halong Bay, si bien una ciudad grande, no explotaba este tipo de tours que aparentemente se contrataban o bien desde Hanoi, o directamente desde la Isla de Catba, a algunos km y un ferry de distancia. Pasamos una noche en la ciudad y a la mañana siguiente fuimos con nuestras motos a tomar el barco que nos llevase a la Isla, y ya en el ferry la vista era alucinante! Navegar entre medio de los karst, imponentes y bellísimos, ya nos daba un adelanto de lo que nos esperaba cuando recorriéramos la Bahía. El barco iba lentamente por el mar, como si a propósito quisiera que nos tomásemos nuestro tiempo en poder ver y absorber todo lo que estaba adelante de nuestros ojos, aunque sinceramente no hubiera alcanzado todo el día para tanta belleza natural.

Compartiendo nuestro viaje en ferry iban quienes luego serían nuestros compañeros de viaje en Catba: Helena, de Rusia (Ya se que Rusia es grande, pero no sé de qué parte era ella) y Albert de Barcelona que, como nosotras, viajaba en moto. El nos dijo que “ni de coña” iba a pagar un tour para visitar la Bahía, que su plan era alquilar un kayak y navegar por su cuenta. Un poco se nos había hecho costumbre la independencia y libertad que nos daban las motos, y recorrer por nuestra cuenta, aunque implicara no ver tanto como lo podríamos hacer en un barco, nos gustaba más.

Luego de encontrar alojamiento en Catba, nos fuimos los cinco a buscar alguna playa; después de un camino de piedras sueltas, charcos y un poco de barro llegamos finalmente al mar; no era un sueño pero estaba bien, y por fin habíamos llegado a la playa! Después de casi dos meses de estar soñando con ella, no podía estar menos que contenta por estar ahí. Cuando ya nos estábamos haciendo a la idea de quedarnos hasta la noche disfrutando el mar, nuestra amiga rusa se puso un tanto impaciente e insistente con el hecho de que era tarde y debíamos volver, volver, volver cuanto antes. Dado que era la única que no tenía un medio de transporte nos pareció un poco fuera de lugar su reclamo, pero asimismo, siendo que no tenía como volver, nos pusimos en marcha después de una escasa hora de mar. Un poco autoritaria la rusa, no?

La mañana amaneció lluviosa; los nubarrones eran grandes pero poco a poco se iban disipando, y hacia la media mañana sólo quedaban rastros de ellos en el cielo soleado. Fuimos hacia el muelle, alquilamos nuestros kayaks y salimos a navegar, Ana y la rusa en un bote, Coni y yo en otro, y Albert remando solo. El día estaba hermoso, el sol brillaba y el mar, de color verdeazul, estaba calmo. Ya desde el principio de nuestra travesía podíamos ver todo aquello que hace de Halong Bay un lugar alucinante; karsts y más karsts en el horizonte y a nuestros lados; altísimos, imponentes, hermosos. Con Coni teníamos algunos problemas para controlar nuestro kayak, que se empeñaba en cambiar de dirección todo el tiempo así que íbamos describiendo eses en el agua, dos remadas a izquierda, tres a derecha, tres a izquierda, muchas a derecha porque nos desviamos! Y un poquito más a izquierda para emparejar! Así avanzábamos, con nuestro indeciso kayak y nuestra decisión de llegar a nuestra primera parada, la llamada Isla de los Monos (luego en la isla corroboramos que los Monos la gobiernan, cuando nos robaron una cerveza delante de nuestras narices!). Ana y Helena venían bastante rezagadas y Albert iba adelante nuestro, un poco más rápido, o al menos con un kayak menos borracho.

wp_20160831_009
Demás está decir que la foto se queda muy, muy corta!

A medida que íbamos llegando a la isla, dejábamos nuestros kayaks y entrábamos al mar a refrescarnos. Ana venía bastante lejos y eso me sorprendía un poco, siendo que ella sabe remar; Helena nos había contado que había servido en el Servicio Militar, por lo que todos pensábamos que iba a ser una especie de Ninja-McGuiver ruso, y dábamos por sentado sus habilidades navegando. Sin embargo, cuando llegaron a la costa, la cara de Ana demostraba que la rusa de McGuiver tenía poco, y de remera mucho menos. En las palabras de Ana, la rusa “acariciaba el agua con el remo”, ya a mitad de camino estaba cansada y decía sentir dolor en sus manos, sólo despues de 20 minutos de remar! Iba a estar complicado… Nos quedamos en la isla un rato, y luego del incidente del mono ladrón de birras, seguimos nuestro camino.

wp_20160831_011
Uno de nuestros kayaks en una de nuestras playas privadas

wp_20160831_002

El sol brillaba altísimo en el cielo, el mar era cálido y transparente y nosotros estábamos ahí, felices de ver todo lo que nos rodeaba y de poder conocerlo a nuestra gana, a nuestro ritmo y sin un plan demasiado fijo más que remar, encontrar una playa, descansar un rato y seguir. Halong Bay realmente era tan hermoso como nos lo habían descripto, pero estando ahí cualquier descripción, cualquier foto o relato se queda corto. Cada cierto tiempo me encontraba asombrandome de nuevo por todo lo que me rodeaba, y el mismo pensamiento se hacía presente: “no puedo creer que esto existe y que estoy acá”. Transmitirlo con palabras es imposible, y hacerlo a través de las fotos es insuficiente.

Recorrimos la Bahía durante unas seis o siete horas; encontramos pequeñas playas desiertas, fantaseamos con trepar un karst y tirarnos al agua desde lo más alto, tomamos sol, nos bañamos y hasta nos dimos el lujo de dejar de remar en el medio del mar y recostarnos en el kayak con los pies en el agua y el sol en la cara, el cuerpo cansado y el pecho inflado de felicidad, otra vez preguntándonos entre nosotros la misma pregunta: “vos sos consciente del lugar en donde estás?” Y la misma respuesta, invariablemente era “Sí, y no quiero que Hoy se termine”.

A la vez que el sol bajaba, volvimos remando a la Isla de los Monos a comer algo y darnos un último chapuzón antes de tener que emprender la vuelta, cosa que nadie quería hacer excepto la rusa, a quien se ve que la puesta del sol pone nerviosa. De todos modos debíamos volver antes de que oscureciera, nuestra insensatez no era tal como para volver remando de noche. De modo que después de un nutritivo refrigerio de papas fritas y gaseosas (muy sano todo), nos pusimos en marcha, coni remando sola, Ana nuevamente transportando a la rusa y Albert y yo adelante, buscando el camino de vuelta. El sol se ponía delante nuestro, asomando de a ratos entre los karst y tiñendo el cielo de rosas y naranjas, una vista perfecta para terminar un día perfecto. Finalmente llegamos al muelle, devolvimos nuestros kayaks y después de una última mirada a la Bahía volvimos, cansados pero felices, a nuestro hostel.

Al día siguiente, nuestros caminos se separaron; nosotras seguimos con nuestro viaje al sur, buscando acercarnos más a Ho Chi Minh, nuestra ciudad objetivo. A Helena le perdimos pisada, aunque en verdad nunca intentamos seguirla realmente; con Albert volvimos a encontrarnos un par de veces para compartir unas cervezas y ponernos al día acerca de como iban nuestros recorridos. Ahora ya en Camboya, Halong parece lejano pero si me preguntan, les puedo decir que el día de kayak fue para mí uno de los mejores días de viaje por Vietnam!

El día en moto en el que todo salió mal (parte final)

Aun sigo relatando hechos reales, cualquier parecido con la ficción sigue siendo pura coincidencia

Despues de una noche de sueño reparador en nuestra habitación del Hilton en Bao Ha, desayunamos y nos disponemos a salir en busca de un taller mecánico. Ya desde las 9.00 a.m se siente el calor y sabemos que va a ser un día duro, de esos que hacen transpirar mucho. A eso de las 11.00 localizamos el que será nuestro Xe May (taller de motos en vietnamita) y nos disponemos a explicarles nuestro problema. El mecánico es un poco apático y directamente no nos habla, sino que lo hace a través de sus amigos presentes, que a su vez lo hacen a través de un celular donde una persona que entiende inglés nos hace de intérprete. Así todo es más fácil! Pedimos un precio y oh, sorpresa, el arreglo cuesta 500.000 dongs, igual que en el taller del día anterior. Resignadas, accedemos a pagar el precio pensando que evidentemente ha de salir eso siempre, nos sentamos en las sillas que nos ofrecen y esperamos a que nuestra moto este lista. Esta vez no hay correas largas ni cortas ni nada de eso, sino que el mecánico da con el repuesto adecuado, lo coloca y finalmente podemos volver hacia Hanoi, esperando poder hacerlo de un tirón y sin problemas.

Esta vez aprendimos y elegimos tomar una ruta secundaria, que tiene pueblos muy chiquitos, o más bien caseríos, sobre su vera. Si algo falla, encontrar un Xe May acá va a ser mucho más fácil que por otro camino. La suerte fue de nuestro lado, no hubo problemas y después de más de veinticuatro horas de haber dejado Sa Pa, con unos cuantos dongs menos en el bolsillo y tras unas cuatro horas de manejo llegamos, finalmente, a Hanoi. Ella es una vieja conocida así que rápidamente podemos encontrar un hostel donde dormir y prepararnos para el día siguiente ir a pedir service al taller donde nos vendieron la moto. Se supone ofrece service post venta y aunque sabemos que lo más probable es que no nos resuelva nada, al menos queremos sacarnos las ganas de decirle de todo menos lindo al dueño, y de paso hacer unos arreglos menores de luces y bocinas averiadas.

Llegamos al taller y por supuesto el dueño no está, sino que sólo están sus ayudantes. Dos de ellos directamente nos ignoran y el tercero, más amable, se dispone a ayudarnos. Llama por teléfono a su jefe para que hable con nosotras y le explico en términos poco amables lo sucedido: nuestra correa se rompió en medio de la ruta, el día fue nefasto, perdimos mucha plata y arreglame la moto porque te prendo fuego el taller, fue más o menos lo que le dije. Su respuesta fue que él se encontraba muy lejos como para hacer nada, pero que sus ayudantes lo iban a resolver. Realmente dudábamos de que fueran a hacer ningún arreglo sustancial y significativo, pero al menos queríamos que abriesen la moto y perdiesen algo de tiempo mirándola, así que eso pedimos. La correa que nos colocaron no muestra signos de mal funcionamiento, de hecho está en perfecto estado. Y así como le explicamos al mecánico de turno que se rompió ya dos veces y que seguramente necesita un nuevo repuesto? Lo intentamos, pero sólo logramos que engrasen una pieza (después de desarmarla a los golpes con un martillo) y ensamblen todo de nuevo. Muy tranquilizador. Al menos conseguimos que nos pongan una bocina nueva porque la vieja no funcionaba y que nos reemplacen unas luces… Esperemos que todo vaya bien por favor! Dejamos el taller y me quedo con un sabor a duda, pensando en que quizás debería haber pedido que nos den una correa extra de repuesto, sólo por si acaso. Prefiero pensar en positivo y decir que nada más nos va a pasar con esa moto, y nos vamos.

Al día siguiente preparamos nuestras mochilas y nos disponemos a hacer los 160 km que nos separan de nuestro próximo destino, la ciudad a donde pensamos ir para contratar un tour y navegar a través de la bahía de Halong, un lugar que les juro es terriblemente hermoso, pero que ahora no viene al caso. Salimos a la ruta y después de hacer la intensa salida de Hanoi, ya estamos encaminadas. El día transcurre sin mayores sobresaltos, nos vamos turnando para manejar y así, ya casi al final del día, es mi turno de manejar la moto negra, a la que tras tantos arreglos hemos bautizado como “maldita lisiada”. Así que ahí voy, manejando a la Lisiada y pensando “faltan sólo 30 km para llegar, qué bueno que no pasó nada!”. Hasta ahora… Les juro que no miento, que esto se dio tal cual lo cuento: terminando de formular esa frase en mi cabeza, siento que algo anda mal en la moto, y es que no acelera! Sigue andando por inercia, pero se está frenando y no responde al acelerador… Maldita lisiada!!! Empiezo a tocar bocina para avisar a mis compañeras, y sin decirnos nada, ya todas sabemos lo que pasa. La correa, la maldita Day Curoa, se volvió a cortar. Hicimos menos de 200 km con la nueva, y ya se volvió a romper. Ya estamos muy desalentadas con lo que pasa, no podemos creer nuestra suerte y sentimos que las motos están complicandonos bastante la existencia. Como hay que seguir, la ponemos de tiro y nos vamos a otro pueblo que está más adelante, a unos seis km según el GPS.

Ya somos expertas en llevar motos de tiro (desearía no haber tenido que dominar ese arte nunca) y cuando llegamos al pueblo vemos una señal del Universo: enorme, prolijo, muy limpio y bien organizado, el primer taller que aparece no es otra cosa que un centro oficial Yamaha. Si hasta tienen rampas especiales para subir las motos, no tenemos nada que envidiarle a los boxes de Valentino Rossi! Obviamente acá tampoco hablan inglés, pero están mucho más dispuestos a ayudarnos y nos hacemos entender rápidamente. El mecánico que ausculta a Lisiada no tarda mucho en encontrar el problema, porque está bastante a la vista; la correa no se cortó, se pulverizó! De lo que era sólo queda una especie de polvo granulado negro, pedazos sueltos de caucho y algunos hilos metálicos que parecen hilachas. Se ve que el arreglo a los martillazos que nos hicieron en Hanoi funcionó muuuy bien…

El nuevo mecánico parece entender lo que hace y rápidamente nos indica que la única solución es cambiar piezas de la moto, la Lisiada necesita un trasplante si queremos que siga viva, y lo peor es que no tiene obra social. Problemon! Nos traen las piezas nuevas, nos dicen el precio y casi nos infartamos: 1.750.000 dongs. Un millón setecientos cincuenta mil dongs. Les entró en la cabeza? Son algo así como 90 dólares, que acá en Asia es como ser medio millonario: con esa plata podemos comprar seis noches de alojamiento, o 30 comidas, 50 botellas de agua… En fin, es mucha plata y nos amarga tener que gastarla en esto. Que no se malinterprete, no somos ratas, es sólo que el viaje en moto se suponía sería divertido, relajado, libre. En lugar de eso, hasta ahora sólo estuvimos preocupadas por el funcionamiento de las motos y poniendo dinero en ellas sabiendo que las ibamos a vender en pocos días. Estamos un poco tristes y desanimadas, esto no se suponía que resultara así pero es lo que es, y tenemos que tomar una decisión: pagar los repuestos y seguir, o poner solo una correa nueva que llegue hasta Hanoi, los km suficientes como para ir, vender las motos y tratar de recuperar la mayor parte de lo invertido. Sopesamos las posibilidades y nos decidimos por la primera, pagar el repuesto y seguir. Es caro, da mucha bronca haber sido tan estafadas y no se siente como justo, pero el viaje en moto nos parece algo que vale la pena y preferimos arriesgar, y ver que podemos ganar.

Una hora después nos vamos, con los bolsillos doloridos y el ánimo un poco por el piso tras haber gastado tanta plata. Mientras hacemos los 30 km que nos separan de Halong, nos vamos calmando, pensando en que tenemos suerte de tener el dinero para poder haber hecho el arreglo y que si bien no todo salió como planeábamos, no podemos dejar que esto nos amargue. Después de todo, estamos en Vietnam viajando con nuestras propias motos, recorriendo el pais entero por nuestra cuenta y a nuestra gana, y cuanta gente puede siquiera darse el lujo de decir eso?

EPÍLOGO 

Ya pasaron más de 20 días desde aquel último incidente de la correa pulverizada y los millones de dongs. Desde aquel arreglo, no volvimos a tener problemas con Maldita Lisiada y hasta la rebautizamos como Maldita Tuneada. El viaje siguió y ahora mismo estamos en Ho Chi Minh, después de haber recorrido aproximadamente 2000 kilómetros en nuestras motos. Vimos los paisajes más espectaculares que puedan imaginarse, conocimos todo tipo de gente y sobre todo disfrutamos la enorme libertad que supone subirse a una moto y salir en busca de esa playa escondida, de la montaña que sea la más hermosa, o del pueblo que te hospede por una noche pero donde te hagan sentir como en casa (tuvimos mucho de eso). Ahora ha llegado el momento de despedirnos de nuestras motos, agradecerles por habernos llevado a tantos lugares increíbles y venderlas. Incluso habiendo gastado dinero, tiempo y paciencia en ellas, puedo decir que estoy feliz de haber vivido está experiencia y ahora que llega a su fin, no puedo evitar sentirme un poco triste por ello. Nuestro viaje ahora sigue por Camboya, a seguir descubriendo, aprendiendo y conociendo mundo, esta vez con las mochilas al hombro y en transporte público. Igual va a ser genial, pero nunca nada va a comprarse con nuestra aventura en moto.

img-20160910-wa0016
Así iniciaba nuestro último día de viaje en moto!

wp_20160911_16_41_57_pro

El día en moto en el que todo salió mal (parte II)

Los hechos y personajes de esta historia pertenecen, aún, a la realidad. Cualquier parecido con la ficción, sigue siendo pura coincidencia. 

Los primeros dos kilómetros fueron suficientes para que termináramos de aceptar que teníamos que arreglarnoslas solas, y para darnos cuenta de que la solución siempre estuvo al alcance de nuestras mochilas. Sam Gamyi dijo “nunca emprendas un viaje sin empacar una cuerda”, y yo le hice caso. Así es, en el bolsillo de mi mochila hay unos metros de soga que usamos para colgar nuestra ropa en los hoteles (muy decorativo), y que ahora podía servirnos perfectamente para llevar la moto de tiro hasta algún taller. No sonaba fácil pero dado que no había opción, tampoco había lugar para dudas.

Finalmente, llegamos al encuentro de Ana; nos alivia verla, saber que no le pasó nada y que la moto sigue intacta. Entre tragos de agua nos cuenta la historia más inverosímil: en el tiempo en que nosotras no estuvimos, pararon dos chicos en moto y la llevaron a un taller; el precio que le pedían por el arreglo era bastante abultado para ser Vietnam (500.000 dong, algo así como 25 dólares) y por no desencontrarse con nosotras prefirió rechazar la oferta y volver a la ruta. Los chicos la acompañaron y la dejaron en el mismo lugar, a la espera de nosotras. Si todos los vietnamitas fueran así, todo sería tan fácil!! El taller está cerca, hay que salir de la ruta por una bajada de tierra improvisada y manejar aproximadamente un kilómetro. Con energía renovada, y pensando que todo está encaminándose, nos encaminamos nosotras también a la bajada, para volver al taller. Quizás allá podemos regatear el precio, y abaratar un poco los costos.

La barranca no es alta ni muy empinada, pero de todos modos intimida; está llena de piedras grandes que están un poco sueltas, tiene barro y hay que pasar por debajo de un cerco de alambre roto, cuya abertura tiene la altura suficiente para una moto y una persona. Allá vamos, bajamos primero la moto que funciona sin mayores problemas, y entre las tres bajamos la otra. Solamente nos embarramos un poco las zapatillas, podría haber sido peor. Atamos una moto a la otra y llegamos finalmente al taller, muertas de calor y un poco cansadas, esperando solucionar rápidamente el problema y asi poder volver a ponernos en marcha. Hanoi no está tan lejos, son algo así como las 15.30 y quizás podemos llegar o al menos acercarnos bastante, si todo sale bien.

El mecánico no está, sólo está su familia. Nos dan unas sillas plásticas y hablando a los gritos nos dicen que lo esperemos, mientras alrededor empieza a aparecer lentamente un grupo de curiosos vecinos, algo a lo que nos hemos acostumbrado en los pequeños pueblos. A lo que sigo sin poder acostumbrarme es al humor de los vietnamitas; sin ningún tipo de reparo nos señalan, hablan entre ellos, se ríen, nos miran, se vuelven a reír. Es verdaderamente irritante, sobre todo cuando las cosas no se te vienen dando bien y lo que menos querés es sentir que además, se burlan de vos. Llamenle paranoia, histeria, como quieran, pero les aseguro que colma la paciencia.

Finalmente, y después de media hora de espera, llega el mecánico. Abre la moto, saca la correa rota, y nos dice su invariable precio: 500.000 dong. Intentamos regatear, pero es inutil, el mecánico se mantiene en sus trece y su esposa, uno de los personajes satélites de la historia, vocifera en vietnamita, se sigue riendo y señala nuestra cartera. Qué personaje más exasperante! La negociación sigue por 15 minutos y cuando vemos que no vamos a tener alternativa, accedemos, resignadas, a pagar lo que nos piden. Cabe recordar que todo esto transcurre en vietnamita y con un odioso traductor de intermediario, que sigue empecinado en incomunicarnos. El mecánico finalmente asiente con la cabeza y nos hace entender que tiene que ir a comprar la nueva correa, que ya viene. Genial, más tiempo de espera con su esposa gritona y su séquito de vietnamitas curiosos, que de a ratos son agradables y de a ratos no tanto. Nos sentamos a esperar el repuesto, mientras internamente aceptamos que llegar hoy a Hanoi no va a ser posible, con suerte mañana.

Cuarenta minutos después, nuevamente hace su entrada triunfal a la escena, EL mecánico, y está vez trae el preciado repuesto salvador. Menos mal, ya son pasadas las 17.30 y en un rato empieza a oscurecer, hay que irse de acá cuanto antes. El séquito de vietnamitas se reúne alrededor de la moto, las chicas esperan sentadas y yo me acerco a mirar, y lo que veo no lo creo. La correa que trajo es grande, no sirve para esta moto; comunico lo que pasa y las chicas no saben si reirse o llorar. El mecánico prueba de mil maneras pero no hay caso, hay que buscar otra que quede bien. Nuevamente el mecánico se retira de la escena, y ya son más de las 6 de la tarde. Nos prometió volver para las 19.00, cosa que a esta altura nos cuesta creer, pero de todos modos, que opción tenemos? Ya nos parece una estafa pagar 500.000 por un arreglo y tres horas de espera, estamos ofuscadas y sobre todo, cansadas. El calor y la ruta dejaron huella en nosotras, estamos transpiradas y cubiertas de tierra y en lo único que pensamos es en irnos de este taller, encontrar alojamiento, darnos una buena ducha y si tenemos suerte, encontrar algo abierto para cenar. El grupo de vietnamitas que nos rodea se renueva constantemente, algunos que se fueron volvieron, otras son caras nuevas, y la irritante esposa sigue firme. No es sino hasta las 19.30 que el mecánico finalmente vuelve, está vez con la correa que sí encastra… o al menos eso cree él.

La siguiente escena era para verla; el mecánico en cuclillas delante de la moto, al menos diez vecinos mirando y nosotras, también. El mecánico trabaja y todos estamos expectantes a los resultados, no nos queremos perder movimiento. Si alguien nos hubiera visto, hubiera pensado que estábamos mirando la final de un Mundial de fútbol por penales o algo parecido, toda nuestra atención concentrada en la moto y su repuesto. Primer intento, y la correa no calza. Segundo intento, desde otro ángulo, y no calza. Mirando bien, vemos el problema: a la nueva correa le faltan al menos cinco centímetros para llegar a su lugar; señoras y señores del público presente, lamento comunicarles que la correa ahora, es corta. Si no creen lo que leen, imaginen lo que sería vivirlo. Casi cuatro horas esperando un arreglo, sucias, cansadas y desanimadas; cuatro horas de espera que perdimos de viaje, de visa, de nuestro tiempo en Vietnam, y todo para que? Para una correa corta!

En el taller la expectativa está a punto de ebullición y nuestra sangre ya hierve hace rato, nos queremos ir de ahí como sea, ya no nos importa que sea con la moto arreglada, de tiro, a la rastra, nos vamos y punto. No entendemos nada de mecánica pero cuando ves que están entre dos queriendo poner un repuesto con dos destornilladores y un martillo, te das cuenta que algo va mal, y no queremos pagar por un arreglo mal hecho. Pedimos que nos armen la moto, la volvemos a atar y otra vez a la ruta con la moto de tiro. Ah, les dije que ya es de noche?

Noche. Es de noche y seguimos, después de cinco horas, en la misma ruta frente a la misma barranca de tierra, sólo que esta vez hay que subirla y eso no es tarea fácil. Sam Gamyi no dijo nada acerca de linternas pero yo llevo una conmigo, así que linterna colgada y manos dispuestas, empezamos a empujar. Si la bajada costó, la subida es peor; el barro nos hace resbalar, la moto casi se cae y nosotras con ella, no vemos nada y esto recién empieza. Finalmente logramos equilibrarla y entre la moto de adelante que tira y nosotras que empujamos, la logramos subir. “Ayelen, todo pasa por algo. Esto como todo es un aprendizaje, tenés dos compañeras de puta madre y vamos a salir de esta” me digo a mi misma, y después miro el cielo, donde mi estrellas brillan. Respiro hondo y a seguir.

Coni maneja la moto de adelante y yo llevo el GPS. Ana, en la moto rota, la dirige y así nos disponemos a marchar. Lo único que deseo es que la moto no se quede, que aguante tirando, por favor Universo no seas tan malo! Son sólo 15 km hasta el siguiente pueblo, y si todo sale bien deberíamos llegar a eso de las 21.30. En esta parte, las cosas salieron bien y a 20 km/h llegamos finalmente a Bao Ha, donde iríamos a pasar la noche. Ahora a buscar alojamiento, y ojalá encontremos rápido porque esta situación no da para más, o mejor dicho nosotras no damos más!

Además de talleres, lo que abunda en Vietnam son las Na Nghi, u hoteles familiares. En general son modestos pero tienen todo lo que necesitamos: agua caliente, internet, ventilador o aire acondicionado y además, son súper baratos. De modo que sin buscar demasiado, entramos a la primera que encontramos. 250.000 dongs (10 dólares entre las tres), dos camas grandes y ducha caliente; en este momento lo veo como la suite presidencial del Hilton, y ahí nos quedamos. Paramos las motos, dejamos las mochilas y nos sentamos, extenuadas. La gente del hotel es más que amable y nos trae fruta, agua fresca y se ofrecen a mostrarnos un restaurante cerca, y estamos más que agradecidas. Después de un día de hostilidad, un poco de hospitalidad siempre viene bien.

Nos miro y no puedo creer todo lo que pasamos hoy: el Universo nos dio una linda sacudida fuera de nuestra zona de confort, más bien es como si nos hubiera catapultado lejos, bien lejos. Y sin embargo acá estamos, las tres enteras y aliviadas por haber encontrado nuestro Hilton, un poco recordando y riéndonos de lo que pasamos, es que realmente parece mentira! La verdad, me alegro de estar con la gente que estoy en viaje y admiro la fortaleza de la que hicimos despliegue hoy. Mañana será otro día y ya veremos cómo arreglamos la moto, hoy por lo pronto nos vamos a comer y a dormir. Cansadas sí, pero vencidas jamás!

El día en moto en el que todo salió mal (parte I)

Los personajes y hechos relatados en esta historia son reales. Cualquier parecido con la ficción, es pura coincidencia.

Salimos desde Sa Pa, un pueblo de montaña en el norte de Vietnam con destino a Hanoi. Como siempre nos levantamos temprano y, como siempre, salimos tarde. Otra vez. Siempre, invariablemente y no importa cuanto lo intentemos, subir a la moto y salir nos lleva tres horas; el por qué no lo sé y tampoco es momento de dilucidarlo ni buscar causas, no nos desconcentremos por favor. Recapitulando, son las 10.30 a.m, el sol brilla en Sa Pa y finalmente nos pusimos en camino. Aunque ninguna lo dice todas pensamos que si hacemos paradas cortas y ponemos un poquito de esfuerzo, quizás hagamos la ruta a Hanoi en un día, después de todo son menos de 300 km. Vieron que dicen “uno propone y el Universo dispone”? Y bueno, más o menos así fue la cosa. Pero dejen que les siga contando.

El camino de montaña que desciende hacia Lao Cai y desemboca en la ruta que nos lleva a destino es sinuoso, con mil curvas y contra curvas y hoy está particularmente transitado. Hacemos el descenso sin mayores problemas; salvo por una Fortuner desesperada por pasar que constantemente nos cerraba el camino, no hubo nada que nos complicara la ruta. A eso de las 12.00 ya habíamos terminado la bajada y nos encaminábamos a Lao Cai, un poco cubiertas de tierra pero contentas porque luego de la bajada todo el camino es plano, recto, sencillo y predecible. Las expectativas de llegar a Hanoi aumentan, aunque nadie las comenta “para no quemarlas”.

En la ruta, una moto es la que guía con el GPS y la otra sigue, siempre atrás. Cada vez que la moto de atrás desaparece de la vista, frenamos y la esperamos, y si no aparece volvemos hacia atrás a buscarla. Ese es nuestro sistema para no perdernos ni desviarnos y hasta ahora nos funciona bien, tampoco es mucha ciencia verdad? De modo que así veníamos, bajo el sol abrasador del mediodía vietnamita, con la temperatura por encima de los 35 grados, sin exagerar. Lo bueno de la moto es que el vientito te da en la cara y entonces el calor no se siente tanto, asi que no nos quejamos y seguimos avanzando. Todo marcha bien Millhouse!

De pronto, y luego de una curva, vemos hacia atrás y la moto negra no viene. Bajamos la velocidad para que nos alcance, seguro ya llega… O quizás no. Frenamos a cero y damos la vuelta para volver a buscarla. Ninguna lo dice pero las dos pensamos que algo pasó con esa moto, no es la primera vez que nos deja a pata, y estamos preocupadas. A menos de un kilómetro, la vemos. Paradas en la banquina, moto y conductora esperan bajo el calcinante sol, sin poder seguir. El problema? Correa cortada, la moto no acelera, no puede avanzar.

El calor aprieta tanto que exprime cada gota de transpiración que nos puede sacar, no hay una sola nube que cubra el sol, ni un árbol al costado de la ruta donde refugiarse. En pocas palabras, estamos jodidas, y la expectativa de llegar a Hanoi es un gran globo a punto de estallar. El que busca encuentra, vemos una sombra mínima pero suficiente para resguardar a una de nosotras y ahí vamos, empujando la moto cargada con casi 20 kg de equipaje, transpirando y pensando “que mierda hacemos ahora?”. Conductora y moto se quedan en la ruta, a la espera del auxilio que podamos conseguir en el próximo pueblo, que está a 15 km. Así que ahí vamos Coni y yo, traductor en mano y a toda velocidad (60 km/h, más que eso la moto no da) a buscar ayuda.

Llegamos a la entrada de Pho Lu, y rápidamente ubicamos un taller. En Vietnam hay tantas motos que los talleres mecánicos están cada 300 metros, eso es algo bueno. Ya son las 14.30, el calor nunca afloja y no podemos dejar de pensar en que Ana está en la ruta, sola y con una moto que no anda. En el taller naturalmente no hablan inglés,  e intentamos hacernos entender mediante el traductor, que más que ayudarnos complica las cosas, traduciendo lo que se le antoja y nunca formando una frase coherente. Finalmente nos entienden que hay una moto en la ruta y que necesitamos ayuda; el mecánico no tiene mucha pinta de querer esforzarse en ayudarnos y nos dice que tenemos que traer la moto rota al pueblo para que él la pueda ver. -Si la moto anduviera no estaríamos acá en primer lugar- es lo que pensamos, pero logramos hacerle entender que necesitamos un pick up, algo que nos traiga la moto. -ok ok- nos dice el mecánico, se sienta, nos sirve una taza de té, agarra el teléfono y empieza a hablar. Coni fue a ponerle combustible a la moto que si funciona y yo espero, ansiosa, los resultados que el mecánico pueda darnos, pero su charla telefónica parece interminable. Finalmente corta; le pregunto si consiguió un pick up, a lo que contesta que no mientras, muy tranquilo, se pone a fumar y a escribir frases intraducibles en el traductor obsoleto. La situación es bastante desesperante y cuando Coni vuelve, nada ha cambiado: el mecánico no ayuda, pick up no hay y lo único que avanza es el reloj. Sin ninguna respuesta, nos vamos a buscar ayuda en la estación de servicio.

La chica que atiende en la estación parece mucho más dispuesta a ayudarnos, o al menos a intentar entendernos. Nuevamente, el traductor incomunica pero entre señas, gestos, y palabras sueltas, entienden nuestro problema. “Ahora sí” pensamos, pero una vez más nos vamos con las manos vacías, y ya pensamos que conseguir ayuda en el pueblo va a ser difícil. Esta gente nunca se queda en la ruta?! Ya pasó casi una hora y Ana sigue sola, tenemos que volver. De golpe se nos prende la lamparita: El peaje!! En el peaje tienen que ayudarnos, somos unas boludas por no pensarlo antes, que tontas!

Llegamos al peaje con una estrategia, decirles que hay una urgencia en la ruta, que necesitamos ayuda. Ya aprendimos que intentar explicarles todo solamente complica las cosas, hay que simplificar. Salen a nuestro encuentro tres o cuatro empleados porque por esta ruta no pueden circular motos, asi que frenamos, y empezamos a explicarles cómo podemos. “Emergencia!!” Escribimos en el traductor, seguido de “yamaha nuovo en la ruta”. Pensamos que eso es suficiente para que al menos se pongan en alerta pero en lugar de eso se miran entre ellos y se ríen. Sí, se ríen y no se mueven del lugar, no entiendo el sentido del humor de esta gente y a esta altura lo encuentro bastante irritante. Su única propuesta es dejarnos pasar y volver a la ruta, flaco favor nos hacen… No tienen ningún teléfono de contacto de un servicio de emergencias, no parecen estar dispuestos a hacer algo por nosotras y nuestras opciones se agotaron.

Solamente nos queda volver a la ruta, encontrarnos con Ana y hacer dedo, a ver si alguien frena a ayudarnos. Resueltas, emprendemos la vuelta, esperando encontrar todo tal y como lo dejamos antes de irnos hace poco más de una hora. Cómo vamos a salir de esta, todavía no lo sabemos. Tenemos 15 km de viaje de vuelta para dilucidarlo.

Buda, antisemita?

Fuimos a Kanchanaburi para conocer el Parque Nacional Erawan (el de las cascadas soñadas), y para ver el famoso puente sobre el río Kwae, que fuera construido durante la Segunda Guerra Mundial por soldados prisioneros comandados por sus captores japoneses. Salimos un día por la mañana a caminar por el puente metálico y vimos que en la otra orilla, no muy lejos, había un templo chino.

P1000764
El puente sobre el río Kwae
P1000760
El templo que se ve prometedor!

En este viaje los templos chinos se volvieron mi fascinación y este se veía particularmente hermoso, así que ahí fuimos. Recorrimos el parque, sacamos las pertinentes fotos y subimos al templo a refugiarnos del sol del mediodía que se hacía más que presente. En la entrada había un Buda muy gordo y risueño, y adentro, tres Budas más, y algo de ellos nos llamó poderosamente la atención.

P1000782

Cuando decimos Buda, qué pensamos? Iluminación, paz interior, un gordito con cara de bueno, meditación, y claro, nazismo. Para, que?! Buda Nazi? No puede ser! Y sin embargo ahí estaban, no uno sino tres Budas con esvásticas Rojas en el pecho,su expresión serena parecía indicar que estaban muy a gusto con esta situación. Si bien las cruces no estaban rotadas como el emblema de Hitler, no dejaban de ser esvásticas después de todo.

P1000783

Anonadadas, no podíamos dejar de mirarlos y pensar y repensar alguna explicación coherente, pero todo era más dudas que respuestas; qué hacía Hitler en Tailandia? Los japoneses habrán hecho construir el templo durante la Guerra? Que tienen que ver los japoneses con Hitler? Verdaderamente no entendíamos nada y la imagen era como poco, perturbadora. Dejamos el templo y sus Budas sospechosos para recorrer el resto del pueblo, ya buscaríamos alguna respuesta cuando tuviéramos internet.

De vuelta en el hostel nos propusimos develar el misterio de los Budas nazis; dicen que “Ignorance is bliss” pero esta vez la ignorancia nos jugó una mala pasada: buscando acerca de la esvástica, descubrimos que este símbolo es muchísimo más antiguo que el nazismo, y las primeras evidencias de su uso se remontan a los troyanos; el símbolo es ampliamente utilizado por budistas e hinduistas entre otros, y su significado es asociado a la buena fortuna y el bienestar. Durante el siglo XIX, la esvástica fue adoptada por algunos grupos nacionalistas alemanes como un símbolo de identidad y orgullo ario, y todos sabemos más o menos cómo sigue historia.

Creo que una de las mejores cosas de viajar es justamente esto, encontrarnos con situaciones fuera de lo conocido que despiertan nuestra curiosidad y que nos hacen aprender cosas que quizás desde casa no hubiéramos aprendido nunca. Las esvásticas me siguen pareciendo perturbadoras, pero al menos ahora sé que también tienen otro significado más benévolo aparte del que le dio Hitler. Buda, te juzgamos mal, y todo por no saber! Espero nos puedas perdonar, y que sigamos siendo amigos.