“Soltar amarras y ver qué pasa”, o el encanto de viajar

Estábamos en Vietnam, era un poco tarde a la noche y ya íbamos por la tercer cerveza. Escuchábamos buena música, mostrándonos el uno al otro lo que nos gustaba escuchar, compartiéndonos mutuamente un poco de cada uno. Estábamos muy cansados después de un día largo, y contentos de estar donde estábamos.

Su lista de países y de viajes era bastante más extensa que la mía. Era la primera vez que yo salía de casa por tanto tiempo y todavía no había experimentado el volver; él por su parte, lo había hecho ya varias veces. Cuando le pregunté qué era lo que más le gustaba de viajar, y por qué lo hacía tanto como podía, se lo pensó un momento y me dijo: “Soltar amarras y ver qué pasa”. Seguimos hablando, la conversación derivó en otras cosas y no ahondamos mucho en el gusto por viajar. Sin embargo, esa frase me quedó resonando en la cabeza. Soltar amarras y ver qué pasa. Y no fue precisamente porque me pareciera reveladora, sino porque me parecía un poco exagerada. Me sonaba como una sobrevaloración de lo que era viajar, como darle un misticismo que yo al menos no había encontrado. No sentía esa libertad que al parecer él sí, algo tan grande que le hacía sentirse como un barco que zarpaba de un puerto hacia aventuras desconocidas, dispuesto a experimentar lo que surgiera en el camino.

Meses después de esa charla, volví a Argentina. La vuelta a casa no fue forzada, pero tampoco fue del todo deseada. Nuestra última ciudad fue Estambul (Turquía) y mi estado de enamoramiento con ella estaba a flor de piel cuando tuve que abordar el vuelo que me llevaba a casa, que me devolvía al punto de partida. En el pasillo del avión se me cayeron unas lágrimas silenciosas, “una semana más, quiero una semana más acá, no quiero volver todavía”… Pese a lo que sentía, los pasajes estaban comprados y dadas las circunstancias de los días en Indonesia, no había vuelta atrás. O quizás sí, sólo que no las exploramos.

Le tenía miedo a la vuelta. Tenía miedo de volver, después de 7 años, a vivir en casa de mis padres. En una ciudad que no me atrae en lo más mínimo. Tenía miedo de no encontrar qué hacer, de que la búsqueda laboral fuera muy difícil, tenía miedo de “reinsertarme”. No fue tan difícil como pensé que sería, se ve que es cierto eso de que somos animales de costumbres. Y sin embargo, con el correr de los días, la frase, “soltar amarras y ver qué pasa” iba cobrando cada vez más sentido. De a poco fui entendiendo a qué se refería cuando lo dijo.

Repasando un poco todo lo vivido en esos meses en el Sudeste, me di cuenta de que muchísimas cosas que había hecho, eran cosas que jamás hubiera hecho en mi país. Y no por no poder hacerlas, sino porque ni siquiera se me hubiera ocurrido hacerlas, ni siquiera existían en algún fondo olvidado de mi cerebro. Y otras cosas que en cierta manera sabía que haría viajando, como conocer mucha gente y visitar muchos lugares, tomaron real dimensión cuando sucedieron.

Fui voluntaria en una huerta orgánica en Phuket (no se los recomiendo, muchos bichos y calor). Conviví, en ese contexto, con dos franceses y un brasilero por quince días. Y aprendí a hacer jabón con un tubo de papas fritas, soda cáustica y aceite. Probé comidas y sabores que ni sabía que existían, estuve siempre en dos o tres lugares con nombres irreproducibles en la misma semana, conocí gente de tantos países que ya perdí la cuenta, e intercambiamos tantas invitaciones que podríamos recorrer gran parte del mundo sin pagar hospedaje; aprendí a decir “hola” y “gracias” en idiomas que no puedo ni leer; dormí en tantas camas diferentes, en tantas habitaciones diferentes, de tantas ciudades diferentes; visité los lugares de culto de por lo menos dos religiones que no practico y de las que poca idea tenía de su existencia; conocí paisajes naturales y urbanos impensados, me obnubiló la arquitectura tan variada de muchos lugares; cuando todo estaba más o menos asentándose en nuestro modo de movernos compramos motos, e hicimos 2200 km en 25 días, en un país desconocido; debido a ese viaje en moto me encontré en situaciones que nunca había vivido, y aprendí cosas que nunca hubiera aprendido de otro modo. Por ejemplo, que hay motos que vienen con correa y que sí, las correas se rompen. En las rutas de Vietnam, en días de lluvia o de calor, familias vietnamitas me demostraron que la gente generosa es tanta que abruma, pero que sólo los podemos ver si estamos dispuestos a hacerlo; en Camboya y en Laos entré en contacto con la Historia reciente de ambos países, historias que desconocía y que muestran la cara más cruel y más cruda de las guerras, y la indiferencia que puede haber tan sólo a una frontera de distancia; me dejé convencer por una chilena que habíamos conocido hacía dos horas que si íbamos a Koh Tao teníamos que certificarnos como buzos, y fue el mejor de los actos impulsivos que pude haber cometido en todo el viaje (en ese mismo viaje en micro esa misma chilena casi nos convence de irnos a Nepal al campamento base del Himalaya. Si hubiéramos tenido ropa de abrigo…). Adoptamos a una rionegrina mendocina bajando de un ferry y la hicimos la 4ta pata del grupo, y con ella recorrimos y nos reímos y buceamos y comimos y nos reímos un poco más. Nos animamos a confiar en desconocidos muchas veces, muchísimas más de las que lo hubiera hecho en casa, ya fuera por necesidad, por falta de otras opciones, o porque después de todo, ¿Por qué no? Y gracias a ellos aprendimos muchísimo. Hicimos acopio de paciencia, de ganas, de energía, y cuando la cosa se puso fea tuvimos que sacar de donde no teníamos, porque the show must go on. Todas esas cosas, en seis meses y cinco días. Y podría seguir enumerando pero creo que ya se va entendiendo a qué apunto ¿no?

¿Y qué hubiera pasado si no hubiera soltado mis amarras en Junio del año pasado? ¿Qué hubiera pasado si ese pasaje de avión no hubiera existido, si ese plan no se hubiera concretado, si todo se hubiera quedado en su sitio? La realidad, es que no lo sé. Quizás hubiera sido increíblemente genial, quizás hubiera sido tan aburrido que hubiera dolido levantarse cada mañana. Lo que sí sé es que todo eso que hice, todo eso que viví, no lo hubiera vivido jamás en mi antigua vida, no en tan poco tiempo. No podría haber dado lugar a tanta novedad, a tanta experiencia distinta, a tanto cambio de aire. En realidad, como dije antes: ni se me hubiera ocurrido. Y entonces hoy, después de tres meses de quietud, después de tomar distancia, de sopesar, de valorar, de absorber, de dejar asentar… Si me lo preguntan hoy, me lo pienso un momento y también contesto “Soltar amarras y ver qué pasa. Ese es el encanto de viajar”.

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Laos, extenuantes sentimientos encontrados

A ver, voy a ser sincera: no soy fan de la naturaleza. Sí claro, me gustan los perritos y los gatitos, la playa, bucear, los paisajes espectaculares… ¿A quién no? Pero tengo que admitirlo, me gusta la naturaleza “ordenada”. Senderizada (si puede ser hasta pavimentada, mejor), con carteles que me digan a donde ir, y que sea fácil de atravesar. Me llevó mucho tiempo asumirlo, como si fuera algo terrible o si algo estuviera mal en mí; como si no fuera lo “viajeramente correcto” no disfrutar sudar cinco litros de transpiración para hacer 100 metros por un camino difícil con piedras y ramas y bichos que aparecen de todos lados y telas de araña que se te pegan en el cuerpo y charcos de agua y más bichos y humedad y mejor no sigo porque ya me pongo mal mirá! En fin, ¿entienden lo que quiero decir? Yo soy una chica de ciudad, y la naturaleza como Dios la trajo al mundo es demasiado para mí.

Sin embargo, nunca, jamás, never in the puting life, un paisaje urbano me hizo llorar de ese no sé qué que sólo la Naturaleza como Dios la trajo al mundo sabe generar en nosotros. ¡Nunca! Los paisajes que me sacaron el aliento, que me hicieron reír de la felicidad de estar ahí en ese momento, que me sacaron lágrimas amontonadas que nunca sabés de donde vienen pero que te hacen dar ganas de abrazar al Universo y decirle “¡Gracias, sos magia!”, siempre fueron paisajes naturales; esa naturaleza que simplemente ES, que hace tiempo ESTÁ SIENDO, manifestándose para todos y a la vez para nadie, que nos hace darnos cuenta de lo chiquititos y efímeros que somos. ¿Sabés lo que es llorar viendo un Karst? Ojalá lo sepas, ojalá alguna vez sientas lo que yo sentí cuando vi un Karst por primera vez, ¡Porque es único! ¿Y todo gracias a quién? A la Naturaleza, claro está.

En este post la idea es mostrarles un poco esos paisajes naturales increíbles que son parte del norte de Laos. Estuvimos poco tiempo visitando el país, unos quince días en el Norte antes de cruzar a Vietnam; el plan original era cruzarlo de norte a sur pero cambiamos de idea, ya no recuerdo por qué. Algunas de las fotos de esta publicación no son mías, sino que son tomadas de internet. No es haraganería ni “viveza criolla”, sino que mis fotos, tooooodas mis preciadas fotos del viaje, se fueron junto con mi cámara cuando nos robaron (ya hablaré de eso en su momento). Mostrar paisajes sin fotos es un poco contradictorio y por eso recurrí al vasto google… Elegí aquellas que más me recordaban a lo que yo vi, aunque no sean de mi autoría ¡Espero puedan entenderme!

Laos es un país que, como todos, tiene su personalidad. Claro que es parecido a los demás del Sudeste, pero tiene lo suyo. En Laos se duerme siesta a demanda física y no cuando el reloj lo permite, se toma bastante alcohol, y la vida transcurre a un ritmo realmente lento, casi adormecedor. Lo difícil en Laos es moverse, ya sea en transporte público o por cuenta propia: las rutas están en MUY mal estado siendo muchos caminos enteramente de tierra y bastante llenos de pozos, todo lleva bastante tiempo y sobre todo demanda energía y paciencia, y a mí la última se me agota rápido. En Laos viví encontronazos de sentimientos, se me mezclaba el “¿Quién me manda a venir acá? ¡Me quiero ir!” con “Este lugar es hermoso, ¡Menos mal que vine!”. Es un país ideal para quienes son amantes de la naturaleza; para los que no tienen problema en ensuciarse caminando en el barro por algunos kilómetros, o pedalear por rutas imposibles, o en sudar un poco extra con tal de llegar a donde se quiere llegar. La recompensa al esfuerzo es alucinante, ¡Créanme! Pero también estén preparados. Personalmente creo que no volvería a Laos justamente por este problemita mío con la naturaleza no organizada, pero lo recomiendo 100% si no son un poco vagos como yo.

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¡Qué bueno que es vivir como esta gente! Foto: flyicarusfly.com

Cruce del Mekong y Luang Prabang

Una de las mejores experiencias en Laos, sin dudas, es cruzar el Río Mekong en barco. EL cruce toma dos jornadas de aproximadamente 6 hs de navegación cada una, saliendo de Tailandia y desembarcando finalmente en Luang Prabang (ese epicentro que hace que se les infle el pecho de orgullo a los franceses). Atravesar el Mekong en barco es extremadamente glorioso; la mirada se te pierde en el paisaje, en los árboles que están en la ribera, las rocas que sobresalen cada tanto, el río que fluye poderoso y correntoso… La travesía cansa pero vale la pena totalmente, y para mí es casi fundamental hacerla si se viene desde Tailandia. Sumado al viaje en sí mismo, hay tiempo de sobra para hacer sociales con los demás viajeros, lo que hace que sea más divertido. Particularmente nosotras hicimos el cruce con dos chicos franceses con los que era imposible no pasarla bien; los conocimos en Tailandia y como teníamos el mismo plan aproximado, nos juntamos. A decir verdad estábamos un poco desorientadas, como siempre, y nos pegamos a ellos de una forma que pareciera casual (¿?); coincidimos un poco en Luang Prabang y ya después tomamos rumbos diferentes, ¡Pero la pasamos súper mientras!

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La vista que podés tener desde la ventana del Slow Boat. Foto: easia-travel.com
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Sin palabras! foto: travelfreak.net

Luang Prabang es una ciudad hermosa; su arquitectura afrancesada protegida por UNESCO,  sus templos y su ribera con el Mekong la hacen ser sumamente bella, aunque no es reflejo del resto de país. Es más bien una especie de puesta en escena más prolija, ordenada y solvente de lo que es el resto de Laos, gran parte producto de la protección que UNESCO le brinda. De todos modos fue allí donde después de dos meses de viaje volvimos a comer… ¡PAN, pan de verdad! Si en este momento te parece que estoy loca, imaginate que a partir de mañana y durante tiempo indeterminado no vas a poder comer más pan, hasta que dos meses después, cuando ya te habías resignado a nunca más disfrutar de tan simple manjar, ves un puesto que vende decenas de variedades de sándwiches preparados con baguettes, crujientes y esponjositas baguettes, de esas que tienen la corteza bien crocante y adentro son blanditas; ¡Y están calentitas y huelen tan bien! Estoy segura que se te hizo agua la boca, y eso que comiste pan hace un rato… ¡Luang Prabang y sus baguettes por siempre en mi corazón!

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Tantas baguettes oh por dios vengan a mí! Foto: altibajosenmochilas.com
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Desde la cima del Monte Phousi, desde donde se ve todo Luang Prabang (aunque nosotras tapemos el paisaje)
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Luang Prabang desde el Monte Phousi
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Fotos impresentables con los chicos de Francia y de Japón!

Vang Vieng

Capital nacional del tubing (no sé qué es el tubing, nunca lo hicimos, creo que tiene algo que ver con gomones y flotar en el río pero no estoy muy segura), Vang Vieng es uno de los grandes atractivos turísticos de Laos y no es para menos: tiene los paisajes más hermosos que yo haya visto en el país, es realmente bello. Muchas veces hay que armarse de paciencia para llegar a donde se quiere llegar, ya sea alquilando motos o bicis; prepararnos para la inminente lluvia que siempre llega en algún momento (si viajamos en temporada de lluvias), tener en cuenta que algunos caminos van a tener mucho barro, y cosas por el estilo. De nuevo, si no les gusta mucho ensuciarse, como es mi caso, puede que esto les genere un cierto estrés, están avisados.

El primer día alquilamos dos motos y nos fuimos a recorrer los alrededores, y ahí fue cuando los vi por primera vez. Seguro no fuera exactamente la primera vez, en el Sudeste este tipo de formación rocosa es bastante común, pero fue la primera vez que los vi tan imponentes, que realmente noté su presencia. La ruta estaba despejada, teníamos campos de arroz a ambos lados y a la derecha, como marcando el camino, los karsts enormes dominaban todo el paisaje. Tienen una presencia imponente, están cubiertos de árboles y los siento más vivos que una montaña, como si fueran más amigables, más cercanos, más humildes. Y sí, qué querés que te diga, lloré viéndolos, creo que todas lloramos. ¿Cómo no te va a conmover semejante perfección? Fue imposible en ese momento no pensar que hacía menos de un año ni sabía de la existencia de un país llamado Laos, y ahora me estaba volando la cabeza. Ese mismo día seguimos paseando, visitamos una cueva ¡nuestra primera cueva! Y encontramos una especie de río/arroyo de montaña súper hermosísimo para remojarnos las patas.

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Usted sí que sabe señora Naturaleza

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Nuestro río/arroyo y ¿Dónde está Coni?

Otro día, alquilamos bicicletas. Alquilar vehículos de cualquier tipo es una lotería, te puede salir muy bien o muy mal… Como el alquiler de motos en Laos es bastante más caro que en Tailandia por ejemplo (ya no recuerdo los valores pero era algo así como el doble), decidimos salir a recorrer en bicicleta. Enfrente del hotel alquilaban bicis tipo mountain bike, así que fuimos, elegimos tres y salimos a pasear. El plan era llegar a una cascada que estaba no muy lejos, a unos 5 kilómetros aproximadamente, y si bien nos habían dicho que el camino no era el más lindo de todos, se podía hacer en bici poniéndole onda. De modo que ahí salimos, a pedalear bajo el sol laosiano de las 2 de la tarde, a buscar el camino que nos llevaba a la cascada, ayudándonos de un mapa un tanto precario hecho a mano que nos habían dado el día anterior en el alquiler de motos. Como soy medio vaga, yo hubiera alquilado motos, pero pedalear por la ruta no era tan terrible después de todo, y tras unas idas y venidas finalmente dimos con el camino que nos iba a llevar a la cascada en cuestión. El camino por supuesto, era de tierra, y tenía una leve pendiente hacia arriba que hacía que todo el camino fuera en una subida lenta y sostenida. El calor era terriiiiiiible, no puedo enfatizar cuánto, y por supuesto la transpiración no se hizo esperar. Y mi fastidio tampoco (¿¡Por qué sos así Ayelén,  por qué sos así?!). Sumado a esto mi bicicleta tenía algunos problemitas con los cambios, y por problemitas me refiero a un “clac clac claclac… clac clac claclac” incesante cada vez que tenía que hacer un poquito más de fuerza para avanzar, lo que terminaba haciendo que me tuviera que bajar y caminar al lado directamente. En fin, que llegué al punto de anunciarles a mis compañeras de viaje que “¡la próxima vez yo me alquilo una moto y ustedes si quieren se van en bicicleta!” seguido de una sarta de puteadas destinadas a mi vehículo no veloz. Puedo llegar a niveles insospechados de ser insoportable cuando estoy fastidiosa, no lo puedo evitar.

Finalmente entre clacs clacs y clacs clacs logramos llegar a la cascada, ¡Que por cierto era muy linda! El agua era súper fresca, no había peces picapies, y la caída de agua servía como el mejor de los hidromasajes que uno puede esperar. (Las fotos se las debo, usen su imaginación). Otra vez, la Naturaleza mostrándome que sí, a veces es difícil llegar y que sí, te vas a preguntar “¿Para qué mierda vine?”. Hasta que llegás a destino y decís “ah ok, ¡Por esto es que vine! Perdón Naturaleza, nunca más voy a dudar de vos pero… ¿Podrías considerar la próxima vez ser más fácil de transitar?”

Más vale tarde que nunca…

El viaje ya terminó y las crónicas quedaron inconclusas. Gran parte de eso es por mi vagancia para escribir, me lleva mucho tiempo y es un desgaste mental importante; otra parte se debe a que muchas situaciones vividas formaban parte de la cotidianeidad y de esa manera se volvían banales o poco relevantes, hasta que, al ser relatadas cobraban otro sentido: lo que para mí se había vuelto normal, para alguien a miles de kilómetros que nunca había puesto un pie por esas zonas, era asombroso, interesante, diferente, curioso… Lo cotidiano de pronto se volvía novedad, y cobraba otro sentido, otra importancia. Esas cosas merecen ser contadas, y lo serán a su debido tiempo.

Hay dos preguntas que son las que más me hicieron en estos dos meses de reencuentros varios. << ¿Cómo fue lo del robo? >> es la primera, y me resulta curiosa por cuanto quien pregunta en general sólo quiere saber eso, y con esa información se queda. No quiero que se interprete como que me hiere el ego que no pregunten más, sino más bien me resulta un tanto obtuso, cerrado, que tras nueve países y seis meses de viaje, su única curiosidad sea un robo. Sí, fue feo, etcétera etcétera, pero hoy día lo veo casi como un hecho más del viaje, casi secundario, sobre todo si lo pienso desde el punto de vista de un interlocutor. Que la única curiosidad que se despierte sea hacia un hecho tan poco representativo y por sobre todo negativo, creo que dice mucho de cómo vemos y encaramos la vida.

La otra pregunta es casi siempre << ¿Qué es lo que más te gustó? >>. Después de contestar (medio en chiste y medio en serio) << Los turcos >>, puedo formular una respuesta un poco más real. Algunos días es haber buceado; nadar entre peces de mil colores, corales brillantes, y ver toda esa vida submarina es hermosísimo y creo que todos debiéramos probarlo una vez en la vida. Otros días es Vietnam en moto; decidir los horarios de salida y llegada sin depender de un micro, ser una sola con la inmensidad y la belleza del paisaje vietnamita, conocer lugares fuera del recorrido turístico del país y sentirlo además como un viaje dentro del viaje, fue una aventura alucinante.

Pero creo que al pensarlo con más calma, lo que más gusta no es lo que se hace sino con quién o cómo. Orwell dijo algo así como que no importa lo lindo o espectacular de un lugar, sino más bien cómo nos sentimos en nuestro corazón al estar ahí, y para mí es tal cual. Hubo lugares que disfruté muchísimo aunque eran de esos donde “no hay nada para ver” y otros que no supe disfrutar por más espectaculares que fueran, por estar con la cabeza en otro lado (por ejemplo, pensando en mi futuro incierto cuando el viaje terminara). Se puede estar en la cima del mundo y sentir que apesta, que no es suficiente; o se puede estar en un lugar más del montón, y ser feliz con un atardecer y una cerveza compartida con amigos, para recordar más tarde ese momento y lugar con cariño. Todo depende de nuestros ojos y nuestro corazón de ese día. Lo que atesoramos es el momento, el lugar es simplemente parte del paisaje.

Las crónicas inconclusas serán completadas, espero que nunca concluyan. Y espero que lo que sea compartido en este espacio, genere algo en quien lo reciba; contarles mi experiencia ciertamente genera algo dentro de mí.

Aquellos rincones de Vietnam que sólo una moto te puede mostrar

Siempre que me preguntan digo que Vietnam es mi favorito en lo que hasta ahora hemos recorrido en nuestro viaje por el Sudeste, y creo que gran parte de ese favoritismo se debe a la forma en que lo recorrimos, esto es, en moto. Las motos nos llevaron a lugares donde los colectivos no llegan, o por caminos que habitualmente no toman; gracias a las motos vimos otro Vietnam, menos turístico y más autóctono; conocimos ciudades como Viettri -que si bien “no tiene nada”, para nosotras tuvo un encanto que hace que la recordemos con una sonrisa- y pueblos de montaña perdidos en el mapa; entre talleres mecánicos y lluvias arreciantes nuestra tenacidad fue puesta a prueba más de una vez y superamos obstáculos que nunca antes se nos hubieran presentado en un bus. Nos invitaron a un cumpleaños, en los puestos de frutas más de una vez nos regalaron sus productos, y familias vietnamitas nos ofrecieron refugio de la lluvia en sus almacenes de ruta, comunicándose con nosotras sobre todo con sonrisas y gestos, a falta de idioma que nos uniera. Estas cosas posiblemente no hubieran sucedido viajando de modo “tradicional”; anécdotas hay muchas pero el espíritu de esto es mostrarles un poco de todos esos lugares a los que llegamos gracias a nuestras motos. Ajustense el casco que ya salimos!

Todo viaje de carretera requiere música para ser completo, y para cada lugar, hay una canción que te transporta. Las que elegí acá estaban entre mi lista de reproducción, y cosas mágicas pasaron mientras las escuchaba. Los invito a escucharlas mientras leen. 

Sapa y alrededores

Scar tissue – Red Hot Chili Peppers

Y qué tiene de inexplorado Sapa, si todo el turismo se concentra ahí? Ciertamente es así, pero a escasos kilómetros de distancia la aglomeración de gente cambia, y lo que prevalece es el paisaje.

Por caminos de montaña sinuosos, que bordean escarpados precipicios que por momentos no dan lugar a error, se ven infinitas montañas rodeadas de nubes. Cubiertas de árboles, muestran muchos tonos de verde, de a ratos más claros, de a ratos más oscuros, un manto uniformemente heterogéneo, con una textura que de lejos parece esponjosa. Los valles que forman están escalonados, sembrados de arroz que crece con un verde brillante que destaca, millones de briznas que dan ganas de acariciar con la mano abierta y sentir esa sensación de cosquilleo, la misma que se siente al acariciar el pasto cuando está un poco largo y es suave. A veces los valles se ocultan por completo en un mar de nubes, y mirar hacia abajo es como mirar dentro de la fuente donde se mezcla el algodón de azúcar; las nubes se atreven un poco más y por momentos se posan sobre el camino, hace frío y se siente húmedo cuando se respiran las nubes!

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Tampoco faltan los ríos de montaña

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Nuestro recorrido nos llevó por pueblitos perdidos como Sin Ho, Ta Phin, Pong Tho, todos cerca de Sa Pa pero lo suficientemente alejados como para que sientas que el paisaje es sólo para vos. Les gustó Sa Pa? Preparen malla y bronceador que nos vamos a la playa!

*El recorrido por los alrededores de Sa Pa fue tomado de la guía de viajes www.vietnamcoracle.com , para con la cual estamos eternamente agradecidas.

La playa de Bien Tien, Cam Ranh

The science of selling yourself short – less than jake

A 40 km al sur de Nha Trang se encuentra la ciudad de Cam Ranh. Ciudad costera que misteriosamente no explota turísticamente ese atributo, es el hogar de la playa más linda que vi en Vietnam, la oculta playa de Bien Tien.

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El camino a Cam Ranh ya es alucinante!

Para llegar tenemos que tomar un desvío por un camino menor, aunque sorpresivamente señalizado con una flecha. Ahi vamos entonces, con el sol en la espalda a disfrutar del mar! El camino es fácil, en su último tramo arenoso (cuidado con perder el equilibrio) y rodeado de vegetación. Por la zona hay algunos chivos que van y vienen, comiendo cualquier planta que se les cruce. Sin andar mucho bajamos a la playa a la primera oportunidad, y sonreímos, que más se puede hacer? La arena es blanca, el mar verde y el cielo azul, con algunas nubes para completar el colorido. A cierta distancia, las colinas rocosas abrazan y contienen la costa, por lo que el mar es calmo y bien transparente. En el agua nos vemos los pies tan claramente como si estuviéramos en la arena, también se ven peces (no muchos), blancos atigrados que van y vienen por la costa. No queda más que relajarse, tomar sol y disfrutar del paraíso que es Bien Tien, mi lugar favorito de Vietnam.

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Como si fuera poco, cerca de la playa hay un camino que tiene las vistas marinas más espectaculares que hayamos visto hasta ahora. Esta ruta se extiende por unos 17 kilómetros, y al ser montañosa nos da una perspectiva en altura del paisaje que nos acompaña.

Yendo pegadito a los acantilados, se ve el mar. Eterno, calmo -estamos en una bahia- con alguna que otra ola rompiendo suave en la costa, se extiende y se pierde en el horizonte, salpicado de islas también montañosas, cubiertas de árboles y rodeadas de rocas. Su color entre azul y verde se ve intensificado por el brillo del sol sobre él. Cada tanto se puede ver alguna que otra playa, inaccesible desde la ruta a no ser que nos aventuremos a desdender entre las rocas, cosa que por el momento no vamos a hacer.

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Haciendo pavadas en las rocas 🙂

Después de una curva se abre ante nosotros un paisaje de postal. En un estrecho formado entre el continente y una isla cercana, muchos barcos están anclados, algunos en un muelle y otros simplemente reposando en el mar. Algunos blancos, otros verde agua o azules, forman un grupo bastante pintoresco de ver; en la costa de la isla hay un edificio que parece ser un resort, con sus muchas ventanas viendo hacia el mar, algunas de ellas encendidas con la luz de sus habitaciones. El paisaje es por demás hermoso y las áreas de descanso de la ruta están puestas estratégicamente para que nos paremos a verlo y disfrutarlo. Después de un día de playa, podemos regalarnos un atardecer desde los miradores, antes de volver a nuestras motos y seguir la aventura. Preparense que se viene una ruta que hasta de nombre ya impone presencia…

*Esta playa la descubrimos gracias a www.travelfish.org , otra de nuestras guías maestras de viaje por el Sudeste Asiático.

Ruta Ho Chi Minh

Cotton fields – Creedence

El paisaje es el que predomina en todo Vietnam, montañoso y repleto de arrozales. De a momentos la ruta discurre entre las montañas, con laderas rocosas que se alzan a nuestro lado, y con paisajes que caprichosamente se dejan entrever entre la vegetación que se encuentra a la vera del camino, para luego volver a ocultarse tras de ella. Por esta ruta viajamos cuatro días yendo al sur. Emblemática e histórica, la ruta Ho Chi Minh merece una mención de honor en mi listado. Lamentablemente no hay muchas fotos de “la Ho Chi Ruta” (nos encariñamos tanto con ella que hasta le pusimos un apodo) y es que si hubiésemos parado a sacar una en cada lugar que nos gustaba, no nos alcanzaba la visa -o la vida- para fotografiarlos todos.

Lo que puede describir un poco el cariño por la Ho Chi Ruta es la siguiente historia: estábamos promediando una jornada de viaje y teníamos que hacer un cambio de aceite, de modo que entramos en el primer pueblo que el GPS nos sugería. Sin mayores inconvenientes encontramos un taller, nos hicimos entender entre señas, y después de 15 minutos estábamos listas para seguir. Antes de volver a la ruta, paramos en un puesto a comprar frutas, teníamos mucho hambre y era lo único que había en la zona. La señora que atendía estaba comiendo un pomelo (en Vietnam hay unos pomelos gigantes, del tamaño de un melón chico) y no hablaba inglés, pero otra vez, entre señas, nos hicimos entender. Sólo le pedimos unas bananas, para no gastar mucho. Ella estaba muy entusiasmada porque paramos a comprar sus frutas, y nos trataba como clientes de honor. Tanto es así, que cuando nos dio nuestra bolsa nos llevamos una sorpresa. No sólo había puesto las bananas que habíamos elegido, sino que puso además otro manojo igual de grande, junto con un pomelo pelado y cortado, listo para comer. Esa mujer, con su humilde puesto de frutas, nos estaba regalando lo que normalmente vendería, simplemente por amabilidad! Tal es así la magia de la Ho Chi Ruta. Quizás así puede sonar banal -unas bananas y un pomelo- pero lo que cuenta es la actitud; esa fue la manera que la señora encontró para hacernos amigas por un ratito y siempre la vamos a recordar como La señora que nos regaló frutas en la Ho Chi Ruta.

Historias de Ho Chi Ruta hay muchas, no así fotos. Las pocas que tengo son de celular, pero las comparto con ustedes igual, a falta de algo mejor.

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Algunas están sacadas en movimiento desde la moto!
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Atardecer llegando a destino, en la querida Ho Chi Ruta

Bonus track: paisajes de la Ruta Ho Chi Minh

Here comes the sun – the beatles

En ese momento, llegamos a la parte más alta de una curva vertical y el paisaje me dejó sin aliento. Las montañas se desplegaban ante nosotras, a lo lejos pero igualmente imponentes, siempre cubiertas de verde, siempre hermosas. El sol asomaba entre las nubes, haciendo brillar el color único de los campos de arroz, también siempre verdes, también siempre hermosos. Se veían, resaltando entre las briznas algunos sombreros típicos vietnamitas, esos de paja con forma de cono que normalmente asociamos con China; eran los trabajadores del campo, plantando más arroz, cuidando el que ya crecía, yendo de un lado al otro, siguiendo probablemente una rutina que para mí era completamente nueva.

Sonaba esta canción y adelante mío se desplegaba todo eso que hace de la Ruta Ho Chi Minh un camino hermoso; sus montañas imponentes adelante y a los lados, se ven siempre tan impasibles, tan eternas y ajenas al tiempo. Y esta canción, en este momento justo, de esas maravillas que solamente los Beatles podían crear… El paisaje en si mismo no era diferente del que se ve comúnmente en Vietnam, pero estando ahi, en una moto, tan expuesta a su belleza, sin ventanilla o techo que se interpusiera entre mis ojos y el Todo, fue algo increíble de vivenciar. Mentiría si dijera que no se me aguo un poco la mirada; fue uno de esos momentos de plena conciencia, esos que de una palmada en la nuca nos dicen “ey, date cuenta donde estás!”. Y yo estaba ahí, en una moto – mi primera moto – recorriendo y viendo todo lo que un año  antes pensaba que vería, pero teniendolo frente a los ojos me di cuenta que es inmensamente más emocionante verlo que cualquier idea que pudiera haberme hecho.

El camino siguió discurriendo por zonas planas; la música cambió, el momento pasó, y lo que queda es esa fotografía mental de la Ho Chi Ruta, que espero se me quede grabada para siempre.

Cuando fuimos felices remando en Halong Bay

Después del último episodio de Aquel día en moto en el que todo salió mal, donde terminamos gastando 80 dólares para arreglar nuestra moto y poder seguir viaje, llegamos finalmente al pueblo de Halong. El objetivo era contratar desde allí un tour que nos llevase a navegar por la Bahía de Halong, un lugar de ensueño en donde las rocas kársticas se erigen en el medio del mar, cubiertas en partes por mantos verdes y dejando entrever la roca gris y escarpada que tanto las caracteriza. Personalmente tenía mis dudas respecto a contratar una excursión porque habíamos leído de muchas, muchísimas estafas en estos barcos; que no daban lo que prometian, que desaparecían cosas y nadie daba respuestas, que los paseos eran bastante decepcionantes… aunque también habíamos conocido a mucha gente que decía habérselo pasado muy bien, yo estaba un tanto escéptica.

Resultó ser que Halong Bay, si bien una ciudad grande, no explotaba este tipo de tours que aparentemente se contrataban o bien desde Hanoi, o directamente desde la Isla de Catba, a algunos km y un ferry de distancia. Pasamos una noche en la ciudad y a la mañana siguiente fuimos con nuestras motos a tomar el barco que nos llevase a la Isla, y ya en el ferry la vista era alucinante! Navegar entre medio de los karst, imponentes y bellísimos, ya nos daba un adelanto de lo que nos esperaba cuando recorriéramos la Bahía. El barco iba lentamente por el mar, como si a propósito quisiera que nos tomásemos nuestro tiempo en poder ver y absorber todo lo que estaba adelante de nuestros ojos, aunque sinceramente no hubiera alcanzado todo el día para tanta belleza natural.

Compartiendo nuestro viaje en ferry iban quienes luego serían nuestros compañeros de viaje en Catba: Helena, de Rusia (Ya se que Rusia es grande, pero no sé de qué parte era ella) y Albert de Barcelona que, como nosotras, viajaba en moto. El nos dijo que “ni de coña” iba a pagar un tour para visitar la Bahía, que su plan era alquilar un kayak y navegar por su cuenta. Un poco se nos había hecho costumbre la independencia y libertad que nos daban las motos, y recorrer por nuestra cuenta, aunque implicara no ver tanto como lo podríamos hacer en un barco, nos gustaba más.

Luego de encontrar alojamiento en Catba, nos fuimos los cinco a buscar alguna playa; después de un camino de piedras sueltas, charcos y un poco de barro llegamos finalmente al mar; no era un sueño pero estaba bien, y por fin habíamos llegado a la playa! Después de casi dos meses de estar soñando con ella, no podía estar menos que contenta por estar ahí. Cuando ya nos estábamos haciendo a la idea de quedarnos hasta la noche disfrutando el mar, nuestra amiga rusa se puso un tanto impaciente e insistente con el hecho de que era tarde y debíamos volver, volver, volver cuanto antes. Dado que era la única que no tenía un medio de transporte nos pareció un poco fuera de lugar su reclamo, pero asimismo, siendo que no tenía como volver, nos pusimos en marcha después de una escasa hora de mar. Un poco autoritaria la rusa, no?

La mañana amaneció lluviosa; los nubarrones eran grandes pero poco a poco se iban disipando, y hacia la media mañana sólo quedaban rastros de ellos en el cielo soleado. Fuimos hacia el muelle, alquilamos nuestros kayaks y salimos a navegar, Ana y la rusa en un bote, Coni y yo en otro, y Albert remando solo. El día estaba hermoso, el sol brillaba y el mar, de color verdeazul, estaba calmo. Ya desde el principio de nuestra travesía podíamos ver todo aquello que hace de Halong Bay un lugar alucinante; karsts y más karsts en el horizonte y a nuestros lados; altísimos, imponentes, hermosos. Con Coni teníamos algunos problemas para controlar nuestro kayak, que se empeñaba en cambiar de dirección todo el tiempo así que íbamos describiendo eses en el agua, dos remadas a izquierda, tres a derecha, tres a izquierda, muchas a derecha porque nos desviamos! Y un poquito más a izquierda para emparejar! Así avanzábamos, con nuestro indeciso kayak y nuestra decisión de llegar a nuestra primera parada, la llamada Isla de los Monos (luego en la isla corroboramos que los Monos la gobiernan, cuando nos robaron una cerveza delante de nuestras narices!). Ana y Helena venían bastante rezagadas y Albert iba adelante nuestro, un poco más rápido, o al menos con un kayak menos borracho.

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Demás está decir que la foto se queda muy, muy corta!

A medida que íbamos llegando a la isla, dejábamos nuestros kayaks y entrábamos al mar a refrescarnos. Ana venía bastante lejos y eso me sorprendía un poco, siendo que ella sabe remar; Helena nos había contado que había servido en el Servicio Militar, por lo que todos pensábamos que iba a ser una especie de Ninja-McGuiver ruso, y dábamos por sentado sus habilidades navegando. Sin embargo, cuando llegaron a la costa, la cara de Ana demostraba que la rusa de McGuiver tenía poco, y de remera mucho menos. En las palabras de Ana, la rusa “acariciaba el agua con el remo”, ya a mitad de camino estaba cansada y decía sentir dolor en sus manos, sólo despues de 20 minutos de remar! Iba a estar complicado… Nos quedamos en la isla un rato, y luego del incidente del mono ladrón de birras, seguimos nuestro camino.

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Uno de nuestros kayaks en una de nuestras playas privadas

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El sol brillaba altísimo en el cielo, el mar era cálido y transparente y nosotros estábamos ahí, felices de ver todo lo que nos rodeaba y de poder conocerlo a nuestra gana, a nuestro ritmo y sin un plan demasiado fijo más que remar, encontrar una playa, descansar un rato y seguir. Halong Bay realmente era tan hermoso como nos lo habían descripto, pero estando ahí cualquier descripción, cualquier foto o relato se queda corto. Cada cierto tiempo me encontraba asombrandome de nuevo por todo lo que me rodeaba, y el mismo pensamiento se hacía presente: “no puedo creer que esto existe y que estoy acá”. Transmitirlo con palabras es imposible, y hacerlo a través de las fotos es insuficiente.

Recorrimos la Bahía durante unas seis o siete horas; encontramos pequeñas playas desiertas, fantaseamos con trepar un karst y tirarnos al agua desde lo más alto, tomamos sol, nos bañamos y hasta nos dimos el lujo de dejar de remar en el medio del mar y recostarnos en el kayak con los pies en el agua y el sol en la cara, el cuerpo cansado y el pecho inflado de felicidad, otra vez preguntándonos entre nosotros la misma pregunta: “vos sos consciente del lugar en donde estás?” Y la misma respuesta, invariablemente era “Sí, y no quiero que Hoy se termine”.

A la vez que el sol bajaba, volvimos remando a la Isla de los Monos a comer algo y darnos un último chapuzón antes de tener que emprender la vuelta, cosa que nadie quería hacer excepto la rusa, a quien se ve que la puesta del sol pone nerviosa. De todos modos debíamos volver antes de que oscureciera, nuestra insensatez no era tal como para volver remando de noche. De modo que después de un nutritivo refrigerio de papas fritas y gaseosas (muy sano todo), nos pusimos en marcha, coni remando sola, Ana nuevamente transportando a la rusa y Albert y yo adelante, buscando el camino de vuelta. El sol se ponía delante nuestro, asomando de a ratos entre los karst y tiñendo el cielo de rosas y naranjas, una vista perfecta para terminar un día perfecto. Finalmente llegamos al muelle, devolvimos nuestros kayaks y después de una última mirada a la Bahía volvimos, cansados pero felices, a nuestro hostel.

Al día siguiente, nuestros caminos se separaron; nosotras seguimos con nuestro viaje al sur, buscando acercarnos más a Ho Chi Minh, nuestra ciudad objetivo. A Helena le perdimos pisada, aunque en verdad nunca intentamos seguirla realmente; con Albert volvimos a encontrarnos un par de veces para compartir unas cervezas y ponernos al día acerca de como iban nuestros recorridos. Ahora ya en Camboya, Halong parece lejano pero si me preguntan, les puedo decir que el día de kayak fue para mí uno de los mejores días de viaje por Vietnam!

El día en moto en el que todo salió mal (parte final)

Aun sigo relatando hechos reales, cualquier parecido con la ficción sigue siendo pura coincidencia

Despues de una noche de sueño reparador en nuestra habitación del Hilton en Bao Ha, desayunamos y nos disponemos a salir en busca de un taller mecánico. Ya desde las 9.00 a.m se siente el calor y sabemos que va a ser un día duro, de esos que hacen transpirar mucho. A eso de las 11.00 localizamos el que será nuestro Xe May (taller de motos en vietnamita) y nos disponemos a explicarles nuestro problema. El mecánico es un poco apático y directamente no nos habla, sino que lo hace a través de sus amigos presentes, que a su vez lo hacen a través de un celular donde una persona que entiende inglés nos hace de intérprete. Así todo es más fácil! Pedimos un precio y oh, sorpresa, el arreglo cuesta 500.000 dongs, igual que en el taller del día anterior. Resignadas, accedemos a pagar el precio pensando que evidentemente ha de salir eso siempre, nos sentamos en las sillas que nos ofrecen y esperamos a que nuestra moto este lista. Esta vez no hay correas largas ni cortas ni nada de eso, sino que el mecánico da con el repuesto adecuado, lo coloca y finalmente podemos volver hacia Hanoi, esperando poder hacerlo de un tirón y sin problemas.

Esta vez aprendimos y elegimos tomar una ruta secundaria, que tiene pueblos muy chiquitos, o más bien caseríos, sobre su vera. Si algo falla, encontrar un Xe May acá va a ser mucho más fácil que por otro camino. La suerte fue de nuestro lado, no hubo problemas y después de más de veinticuatro horas de haber dejado Sa Pa, con unos cuantos dongs menos en el bolsillo y tras unas cuatro horas de manejo llegamos, finalmente, a Hanoi. Ella es una vieja conocida así que rápidamente podemos encontrar un hostel donde dormir y prepararnos para el día siguiente ir a pedir service al taller donde nos vendieron la moto. Se supone ofrece service post venta y aunque sabemos que lo más probable es que no nos resuelva nada, al menos queremos sacarnos las ganas de decirle de todo menos lindo al dueño, y de paso hacer unos arreglos menores de luces y bocinas averiadas.

Llegamos al taller y por supuesto el dueño no está, sino que sólo están sus ayudantes. Dos de ellos directamente nos ignoran y el tercero, más amable, se dispone a ayudarnos. Llama por teléfono a su jefe para que hable con nosotras y le explico en términos poco amables lo sucedido: nuestra correa se rompió en medio de la ruta, el día fue nefasto, perdimos mucha plata y arreglame la moto porque te prendo fuego el taller, fue más o menos lo que le dije. Su respuesta fue que él se encontraba muy lejos como para hacer nada, pero que sus ayudantes lo iban a resolver. Realmente dudábamos de que fueran a hacer ningún arreglo sustancial y significativo, pero al menos queríamos que abriesen la moto y perdiesen algo de tiempo mirándola, así que eso pedimos. La correa que nos colocaron no muestra signos de mal funcionamiento, de hecho está en perfecto estado. Y así como le explicamos al mecánico de turno que se rompió ya dos veces y que seguramente necesita un nuevo repuesto? Lo intentamos, pero sólo logramos que engrasen una pieza (después de desarmarla a los golpes con un martillo) y ensamblen todo de nuevo. Muy tranquilizador. Al menos conseguimos que nos pongan una bocina nueva porque la vieja no funcionaba y que nos reemplacen unas luces… Esperemos que todo vaya bien por favor! Dejamos el taller y me quedo con un sabor a duda, pensando en que quizás debería haber pedido que nos den una correa extra de repuesto, sólo por si acaso. Prefiero pensar en positivo y decir que nada más nos va a pasar con esa moto, y nos vamos.

Al día siguiente preparamos nuestras mochilas y nos disponemos a hacer los 160 km que nos separan de nuestro próximo destino, la ciudad a donde pensamos ir para contratar un tour y navegar a través de la bahía de Halong, un lugar que les juro es terriblemente hermoso, pero que ahora no viene al caso. Salimos a la ruta y después de hacer la intensa salida de Hanoi, ya estamos encaminadas. El día transcurre sin mayores sobresaltos, nos vamos turnando para manejar y así, ya casi al final del día, es mi turno de manejar la moto negra, a la que tras tantos arreglos hemos bautizado como “maldita lisiada”. Así que ahí voy, manejando a la Lisiada y pensando “faltan sólo 30 km para llegar, qué bueno que no pasó nada!”. Hasta ahora… Les juro que no miento, que esto se dio tal cual lo cuento: terminando de formular esa frase en mi cabeza, siento que algo anda mal en la moto, y es que no acelera! Sigue andando por inercia, pero se está frenando y no responde al acelerador… Maldita lisiada!!! Empiezo a tocar bocina para avisar a mis compañeras, y sin decirnos nada, ya todas sabemos lo que pasa. La correa, la maldita Day Curoa, se volvió a cortar. Hicimos menos de 200 km con la nueva, y ya se volvió a romper. Ya estamos muy desalentadas con lo que pasa, no podemos creer nuestra suerte y sentimos que las motos están complicandonos bastante la existencia. Como hay que seguir, la ponemos de tiro y nos vamos a otro pueblo que está más adelante, a unos seis km según el GPS.

Ya somos expertas en llevar motos de tiro (desearía no haber tenido que dominar ese arte nunca) y cuando llegamos al pueblo vemos una señal del Universo: enorme, prolijo, muy limpio y bien organizado, el primer taller que aparece no es otra cosa que un centro oficial Yamaha. Si hasta tienen rampas especiales para subir las motos, no tenemos nada que envidiarle a los boxes de Valentino Rossi! Obviamente acá tampoco hablan inglés, pero están mucho más dispuestos a ayudarnos y nos hacemos entender rápidamente. El mecánico que ausculta a Lisiada no tarda mucho en encontrar el problema, porque está bastante a la vista; la correa no se cortó, se pulverizó! De lo que era sólo queda una especie de polvo granulado negro, pedazos sueltos de caucho y algunos hilos metálicos que parecen hilachas. Se ve que el arreglo a los martillazos que nos hicieron en Hanoi funcionó muuuy bien…

El nuevo mecánico parece entender lo que hace y rápidamente nos indica que la única solución es cambiar piezas de la moto, la Lisiada necesita un trasplante si queremos que siga viva, y lo peor es que no tiene obra social. Problemon! Nos traen las piezas nuevas, nos dicen el precio y casi nos infartamos: 1.750.000 dongs. Un millón setecientos cincuenta mil dongs. Les entró en la cabeza? Son algo así como 90 dólares, que acá en Asia es como ser medio millonario: con esa plata podemos comprar seis noches de alojamiento, o 30 comidas, 50 botellas de agua… En fin, es mucha plata y nos amarga tener que gastarla en esto. Que no se malinterprete, no somos ratas, es sólo que el viaje en moto se suponía sería divertido, relajado, libre. En lugar de eso, hasta ahora sólo estuvimos preocupadas por el funcionamiento de las motos y poniendo dinero en ellas sabiendo que las ibamos a vender en pocos días. Estamos un poco tristes y desanimadas, esto no se suponía que resultara así pero es lo que es, y tenemos que tomar una decisión: pagar los repuestos y seguir, o poner solo una correa nueva que llegue hasta Hanoi, los km suficientes como para ir, vender las motos y tratar de recuperar la mayor parte de lo invertido. Sopesamos las posibilidades y nos decidimos por la primera, pagar el repuesto y seguir. Es caro, da mucha bronca haber sido tan estafadas y no se siente como justo, pero el viaje en moto nos parece algo que vale la pena y preferimos arriesgar, y ver que podemos ganar.

Una hora después nos vamos, con los bolsillos doloridos y el ánimo un poco por el piso tras haber gastado tanta plata. Mientras hacemos los 30 km que nos separan de Halong, nos vamos calmando, pensando en que tenemos suerte de tener el dinero para poder haber hecho el arreglo y que si bien no todo salió como planeábamos, no podemos dejar que esto nos amargue. Después de todo, estamos en Vietnam viajando con nuestras propias motos, recorriendo el pais entero por nuestra cuenta y a nuestra gana, y cuanta gente puede siquiera darse el lujo de decir eso?

EPÍLOGO 

Ya pasaron más de 20 días desde aquel último incidente de la correa pulverizada y los millones de dongs. Desde aquel arreglo, no volvimos a tener problemas con Maldita Lisiada y hasta la rebautizamos como Maldita Tuneada. El viaje siguió y ahora mismo estamos en Ho Chi Minh, después de haber recorrido aproximadamente 2000 kilómetros en nuestras motos. Vimos los paisajes más espectaculares que puedan imaginarse, conocimos todo tipo de gente y sobre todo disfrutamos la enorme libertad que supone subirse a una moto y salir en busca de esa playa escondida, de la montaña que sea la más hermosa, o del pueblo que te hospede por una noche pero donde te hagan sentir como en casa (tuvimos mucho de eso). Ahora ha llegado el momento de despedirnos de nuestras motos, agradecerles por habernos llevado a tantos lugares increíbles y venderlas. Incluso habiendo gastado dinero, tiempo y paciencia en ellas, puedo decir que estoy feliz de haber vivido está experiencia y ahora que llega a su fin, no puedo evitar sentirme un poco triste por ello. Nuestro viaje ahora sigue por Camboya, a seguir descubriendo, aprendiendo y conociendo mundo, esta vez con las mochilas al hombro y en transporte público. Igual va a ser genial, pero nunca nada va a comprarse con nuestra aventura en moto.

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Así iniciaba nuestro último día de viaje en moto!

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El día en moto en el que todo salió mal (parte II)

Los hechos y personajes de esta historia pertenecen, aún, a la realidad. Cualquier parecido con la ficción, sigue siendo pura coincidencia. 

Los primeros dos kilómetros fueron suficientes para que termináramos de aceptar que teníamos que arreglarnoslas solas, y para darnos cuenta de que la solución siempre estuvo al alcance de nuestras mochilas. Sam Gamyi dijo “nunca emprendas un viaje sin empacar una cuerda”, y yo le hice caso. Así es, en el bolsillo de mi mochila hay unos metros de soga que usamos para colgar nuestra ropa en los hoteles (muy decorativo), y que ahora podía servirnos perfectamente para llevar la moto de tiro hasta algún taller. No sonaba fácil pero dado que no había opción, tampoco había lugar para dudas.

Finalmente, llegamos al encuentro de Ana; nos alivia verla, saber que no le pasó nada y que la moto sigue intacta. Entre tragos de agua nos cuenta la historia más inverosímil: en el tiempo en que nosotras no estuvimos, pararon dos chicos en moto y la llevaron a un taller; el precio que le pedían por el arreglo era bastante abultado para ser Vietnam (500.000 dong, algo así como 25 dólares) y por no desencontrarse con nosotras prefirió rechazar la oferta y volver a la ruta. Los chicos la acompañaron y la dejaron en el mismo lugar, a la espera de nosotras. Si todos los vietnamitas fueran así, todo sería tan fácil!! El taller está cerca, hay que salir de la ruta por una bajada de tierra improvisada y manejar aproximadamente un kilómetro. Con energía renovada, y pensando que todo está encaminándose, nos encaminamos nosotras también a la bajada, para volver al taller. Quizás allá podemos regatear el precio, y abaratar un poco los costos.

La barranca no es alta ni muy empinada, pero de todos modos intimida; está llena de piedras grandes que están un poco sueltas, tiene barro y hay que pasar por debajo de un cerco de alambre roto, cuya abertura tiene la altura suficiente para una moto y una persona. Allá vamos, bajamos primero la moto que funciona sin mayores problemas, y entre las tres bajamos la otra. Solamente nos embarramos un poco las zapatillas, podría haber sido peor. Atamos una moto a la otra y llegamos finalmente al taller, muertas de calor y un poco cansadas, esperando solucionar rápidamente el problema y asi poder volver a ponernos en marcha. Hanoi no está tan lejos, son algo así como las 15.30 y quizás podemos llegar o al menos acercarnos bastante, si todo sale bien.

El mecánico no está, sólo está su familia. Nos dan unas sillas plásticas y hablando a los gritos nos dicen que lo esperemos, mientras alrededor empieza a aparecer lentamente un grupo de curiosos vecinos, algo a lo que nos hemos acostumbrado en los pequeños pueblos. A lo que sigo sin poder acostumbrarme es al humor de los vietnamitas; sin ningún tipo de reparo nos señalan, hablan entre ellos, se ríen, nos miran, se vuelven a reír. Es verdaderamente irritante, sobre todo cuando las cosas no se te vienen dando bien y lo que menos querés es sentir que además, se burlan de vos. Llamenle paranoia, histeria, como quieran, pero les aseguro que colma la paciencia.

Finalmente, y después de media hora de espera, llega el mecánico. Abre la moto, saca la correa rota, y nos dice su invariable precio: 500.000 dong. Intentamos regatear, pero es inutil, el mecánico se mantiene en sus trece y su esposa, uno de los personajes satélites de la historia, vocifera en vietnamita, se sigue riendo y señala nuestra cartera. Qué personaje más exasperante! La negociación sigue por 15 minutos y cuando vemos que no vamos a tener alternativa, accedemos, resignadas, a pagar lo que nos piden. Cabe recordar que todo esto transcurre en vietnamita y con un odioso traductor de intermediario, que sigue empecinado en incomunicarnos. El mecánico finalmente asiente con la cabeza y nos hace entender que tiene que ir a comprar la nueva correa, que ya viene. Genial, más tiempo de espera con su esposa gritona y su séquito de vietnamitas curiosos, que de a ratos son agradables y de a ratos no tanto. Nos sentamos a esperar el repuesto, mientras internamente aceptamos que llegar hoy a Hanoi no va a ser posible, con suerte mañana.

Cuarenta minutos después, nuevamente hace su entrada triunfal a la escena, EL mecánico, y está vez trae el preciado repuesto salvador. Menos mal, ya son pasadas las 17.30 y en un rato empieza a oscurecer, hay que irse de acá cuanto antes. El séquito de vietnamitas se reúne alrededor de la moto, las chicas esperan sentadas y yo me acerco a mirar, y lo que veo no lo creo. La correa que trajo es grande, no sirve para esta moto; comunico lo que pasa y las chicas no saben si reirse o llorar. El mecánico prueba de mil maneras pero no hay caso, hay que buscar otra que quede bien. Nuevamente el mecánico se retira de la escena, y ya son más de las 6 de la tarde. Nos prometió volver para las 19.00, cosa que a esta altura nos cuesta creer, pero de todos modos, que opción tenemos? Ya nos parece una estafa pagar 500.000 por un arreglo y tres horas de espera, estamos ofuscadas y sobre todo, cansadas. El calor y la ruta dejaron huella en nosotras, estamos transpiradas y cubiertas de tierra y en lo único que pensamos es en irnos de este taller, encontrar alojamiento, darnos una buena ducha y si tenemos suerte, encontrar algo abierto para cenar. El grupo de vietnamitas que nos rodea se renueva constantemente, algunos que se fueron volvieron, otras son caras nuevas, y la irritante esposa sigue firme. No es sino hasta las 19.30 que el mecánico finalmente vuelve, está vez con la correa que sí encastra… o al menos eso cree él.

La siguiente escena era para verla; el mecánico en cuclillas delante de la moto, al menos diez vecinos mirando y nosotras, también. El mecánico trabaja y todos estamos expectantes a los resultados, no nos queremos perder movimiento. Si alguien nos hubiera visto, hubiera pensado que estábamos mirando la final de un Mundial de fútbol por penales o algo parecido, toda nuestra atención concentrada en la moto y su repuesto. Primer intento, y la correa no calza. Segundo intento, desde otro ángulo, y no calza. Mirando bien, vemos el problema: a la nueva correa le faltan al menos cinco centímetros para llegar a su lugar; señoras y señores del público presente, lamento comunicarles que la correa ahora, es corta. Si no creen lo que leen, imaginen lo que sería vivirlo. Casi cuatro horas esperando un arreglo, sucias, cansadas y desanimadas; cuatro horas de espera que perdimos de viaje, de visa, de nuestro tiempo en Vietnam, y todo para que? Para una correa corta!

En el taller la expectativa está a punto de ebullición y nuestra sangre ya hierve hace rato, nos queremos ir de ahí como sea, ya no nos importa que sea con la moto arreglada, de tiro, a la rastra, nos vamos y punto. No entendemos nada de mecánica pero cuando ves que están entre dos queriendo poner un repuesto con dos destornilladores y un martillo, te das cuenta que algo va mal, y no queremos pagar por un arreglo mal hecho. Pedimos que nos armen la moto, la volvemos a atar y otra vez a la ruta con la moto de tiro. Ah, les dije que ya es de noche?

Noche. Es de noche y seguimos, después de cinco horas, en la misma ruta frente a la misma barranca de tierra, sólo que esta vez hay que subirla y eso no es tarea fácil. Sam Gamyi no dijo nada acerca de linternas pero yo llevo una conmigo, así que linterna colgada y manos dispuestas, empezamos a empujar. Si la bajada costó, la subida es peor; el barro nos hace resbalar, la moto casi se cae y nosotras con ella, no vemos nada y esto recién empieza. Finalmente logramos equilibrarla y entre la moto de adelante que tira y nosotras que empujamos, la logramos subir. “Ayelen, todo pasa por algo. Esto como todo es un aprendizaje, tenés dos compañeras de puta madre y vamos a salir de esta” me digo a mi misma, y después miro el cielo, donde mi estrellas brillan. Respiro hondo y a seguir.

Coni maneja la moto de adelante y yo llevo el GPS. Ana, en la moto rota, la dirige y así nos disponemos a marchar. Lo único que deseo es que la moto no se quede, que aguante tirando, por favor Universo no seas tan malo! Son sólo 15 km hasta el siguiente pueblo, y si todo sale bien deberíamos llegar a eso de las 21.30. En esta parte, las cosas salieron bien y a 20 km/h llegamos finalmente a Bao Ha, donde iríamos a pasar la noche. Ahora a buscar alojamiento, y ojalá encontremos rápido porque esta situación no da para más, o mejor dicho nosotras no damos más!

Además de talleres, lo que abunda en Vietnam son las Na Nghi, u hoteles familiares. En general son modestos pero tienen todo lo que necesitamos: agua caliente, internet, ventilador o aire acondicionado y además, son súper baratos. De modo que sin buscar demasiado, entramos a la primera que encontramos. 250.000 dongs (10 dólares entre las tres), dos camas grandes y ducha caliente; en este momento lo veo como la suite presidencial del Hilton, y ahí nos quedamos. Paramos las motos, dejamos las mochilas y nos sentamos, extenuadas. La gente del hotel es más que amable y nos trae fruta, agua fresca y se ofrecen a mostrarnos un restaurante cerca, y estamos más que agradecidas. Después de un día de hostilidad, un poco de hospitalidad siempre viene bien.

Nos miro y no puedo creer todo lo que pasamos hoy: el Universo nos dio una linda sacudida fuera de nuestra zona de confort, más bien es como si nos hubiera catapultado lejos, bien lejos. Y sin embargo acá estamos, las tres enteras y aliviadas por haber encontrado nuestro Hilton, un poco recordando y riéndonos de lo que pasamos, es que realmente parece mentira! La verdad, me alegro de estar con la gente que estoy en viaje y admiro la fortaleza de la que hicimos despliegue hoy. Mañana será otro día y ya veremos cómo arreglamos la moto, hoy por lo pronto nos vamos a comer y a dormir. Cansadas sí, pero vencidas jamás!