“Soltar amarras y ver qué pasa”, o el encanto de viajar

Estábamos en Vietnam, era un poco tarde a la noche y ya íbamos por la tercer cerveza. Escuchábamos buena música, mostrándonos el uno al otro lo que nos gustaba escuchar, compartiéndonos mutuamente un poco de cada uno. Estábamos muy cansados después de un día largo, y contentos de estar donde estábamos.

Su lista de países y de viajes era bastante más extensa que la mía. Era la primera vez que yo salía de casa por tanto tiempo y todavía no había experimentado el volver; él por su parte, lo había hecho ya varias veces. Cuando le pregunté qué era lo que más le gustaba de viajar, y por qué lo hacía tanto como podía, se lo pensó un momento y me dijo: “Soltar amarras y ver qué pasa”. Seguimos hablando, la conversación derivó en otras cosas y no ahondamos mucho en el gusto por viajar. Sin embargo, esa frase me quedó resonando en la cabeza. Soltar amarras y ver qué pasa. Y no fue precisamente porque me pareciera reveladora, sino porque me parecía un poco exagerada. Me sonaba como una sobrevaloración de lo que era viajar, como darle un misticismo que yo al menos no había encontrado. No sentía esa libertad que al parecer él sí, algo tan grande que le hacía sentirse como un barco que zarpaba de un puerto hacia aventuras desconocidas, dispuesto a experimentar lo que surgiera en el camino.

Meses después de esa charla, volví a Argentina. La vuelta a casa no fue forzada, pero tampoco fue del todo deseada. Nuestra última ciudad fue Estambul (Turquía) y mi estado de enamoramiento con ella estaba a flor de piel cuando tuve que abordar el vuelo que me llevaba a casa, que me devolvía al punto de partida. En el pasillo del avión se me cayeron unas lágrimas silenciosas, “una semana más, quiero una semana más acá, no quiero volver todavía”… Pese a lo que sentía, los pasajes estaban comprados y dadas las circunstancias de los días en Indonesia, no había vuelta atrás. O quizás sí, sólo que no las exploramos.

Le tenía miedo a la vuelta. Tenía miedo de volver, después de 7 años, a vivir en casa de mis padres. En una ciudad que no me atrae en lo más mínimo. Tenía miedo de no encontrar qué hacer, de que la búsqueda laboral fuera muy difícil, tenía miedo de “reinsertarme”. No fue tan difícil como pensé que sería, se ve que es cierto eso de que somos animales de costumbres. Y sin embargo, con el correr de los días, la frase, “soltar amarras y ver qué pasa” iba cobrando cada vez más sentido. De a poco fui entendiendo a qué se refería cuando lo dijo.

Repasando un poco todo lo vivido en esos meses en el Sudeste, me di cuenta de que muchísimas cosas que había hecho, eran cosas que jamás hubiera hecho en mi país. Y no por no poder hacerlas, sino porque ni siquiera se me hubiera ocurrido hacerlas, ni siquiera existían en algún fondo olvidado de mi cerebro. Y otras cosas que en cierta manera sabía que haría viajando, como conocer mucha gente y visitar muchos lugares, tomaron real dimensión cuando sucedieron.

Fui voluntaria en una huerta orgánica en Phuket (no se los recomiendo, muchos bichos y calor). Conviví, en ese contexto, con dos franceses y un brasilero por quince días. Y aprendí a hacer jabón con un tubo de papas fritas, soda cáustica y aceite. Probé comidas y sabores que ni sabía que existían, estuve siempre en dos o tres lugares con nombres irreproducibles en la misma semana, conocí gente de tantos países que ya perdí la cuenta, e intercambiamos tantas invitaciones que podríamos recorrer gran parte del mundo sin pagar hospedaje; aprendí a decir “hola” y “gracias” en idiomas que no puedo ni leer; dormí en tantas camas diferentes, en tantas habitaciones diferentes, de tantas ciudades diferentes; visité los lugares de culto de por lo menos dos religiones que no practico y de las que poca idea tenía de su existencia; conocí paisajes naturales y urbanos impensados, me obnubiló la arquitectura tan variada de muchos lugares; cuando todo estaba más o menos asentándose en nuestro modo de movernos compramos motos, e hicimos 2200 km en 25 días, en un país desconocido; debido a ese viaje en moto me encontré en situaciones que nunca había vivido, y aprendí cosas que nunca hubiera aprendido de otro modo. Por ejemplo, que hay motos que vienen con correa y que sí, las correas se rompen. En las rutas de Vietnam, en días de lluvia o de calor, familias vietnamitas me demostraron que la gente generosa es tanta que abruma, pero que sólo los podemos ver si estamos dispuestos a hacerlo; en Camboya y en Laos entré en contacto con la Historia reciente de ambos países, historias que desconocía y que muestran la cara más cruel y más cruda de las guerras, y la indiferencia que puede haber tan sólo a una frontera de distancia; me dejé convencer por una chilena que habíamos conocido hacía dos horas que si íbamos a Koh Tao teníamos que certificarnos como buzos, y fue el mejor de los actos impulsivos que pude haber cometido en todo el viaje (en ese mismo viaje en micro esa misma chilena casi nos convence de irnos a Nepal al campamento base del Himalaya. Si hubiéramos tenido ropa de abrigo…). Adoptamos a una rionegrina mendocina bajando de un ferry y la hicimos la 4ta pata del grupo, y con ella recorrimos y nos reímos y buceamos y comimos y nos reímos un poco más. Nos animamos a confiar en desconocidos muchas veces, muchísimas más de las que lo hubiera hecho en casa, ya fuera por necesidad, por falta de otras opciones, o porque después de todo, ¿Por qué no? Y gracias a ellos aprendimos muchísimo. Hicimos acopio de paciencia, de ganas, de energía, y cuando la cosa se puso fea tuvimos que sacar de donde no teníamos, porque the show must go on. Todas esas cosas, en seis meses y cinco días. Y podría seguir enumerando pero creo que ya se va entendiendo a qué apunto ¿no?

¿Y qué hubiera pasado si no hubiera soltado mis amarras en Junio del año pasado? ¿Qué hubiera pasado si ese pasaje de avión no hubiera existido, si ese plan no se hubiera concretado, si todo se hubiera quedado en su sitio? La realidad, es que no lo sé. Quizás hubiera sido increíblemente genial, quizás hubiera sido tan aburrido que hubiera dolido levantarse cada mañana. Lo que sí sé es que todo eso que hice, todo eso que viví, no lo hubiera vivido jamás en mi antigua vida, no en tan poco tiempo. No podría haber dado lugar a tanta novedad, a tanta experiencia distinta, a tanto cambio de aire. En realidad, como dije antes: ni se me hubiera ocurrido. Y entonces hoy, después de tres meses de quietud, después de tomar distancia, de sopesar, de valorar, de absorber, de dejar asentar… Si me lo preguntan hoy, me lo pienso un momento y también contesto “Soltar amarras y ver qué pasa. Ese es el encanto de viajar”.