Cuando fuimos felices remando en Halong Bay

Después del último episodio de Aquel día en moto en el que todo salió mal, donde terminamos gastando 80 dólares para arreglar nuestra moto y poder seguir viaje, llegamos finalmente al pueblo de Halong. El objetivo era contratar desde allí un tour que nos llevase a navegar por la Bahía de Halong, un lugar de ensueño en donde las rocas kársticas se erigen en el medio del mar, cubiertas en partes por mantos verdes y dejando entrever la roca gris y escarpada que tanto las caracteriza. Personalmente tenía mis dudas respecto a contratar una excursión porque habíamos leído de muchas, muchísimas estafas en estos barcos; que no daban lo que prometian, que desaparecían cosas y nadie daba respuestas, que los paseos eran bastante decepcionantes… aunque también habíamos conocido a mucha gente que decía habérselo pasado muy bien, yo estaba un tanto escéptica.

Resultó ser que Halong Bay, si bien una ciudad grande, no explotaba este tipo de tours que aparentemente se contrataban o bien desde Hanoi, o directamente desde la Isla de Catba, a algunos km y un ferry de distancia. Pasamos una noche en la ciudad y a la mañana siguiente fuimos con nuestras motos a tomar el barco que nos llevase a la Isla, y ya en el ferry la vista era alucinante! Navegar entre medio de los karst, imponentes y bellísimos, ya nos daba un adelanto de lo que nos esperaba cuando recorriéramos la Bahía. El barco iba lentamente por el mar, como si a propósito quisiera que nos tomásemos nuestro tiempo en poder ver y absorber todo lo que estaba adelante de nuestros ojos, aunque sinceramente no hubiera alcanzado todo el día para tanta belleza natural.

Compartiendo nuestro viaje en ferry iban quienes luego serían nuestros compañeros de viaje en Catba: Helena, de Rusia (Ya se que Rusia es grande, pero no sé de qué parte era ella) y Albert de Barcelona que, como nosotras, viajaba en moto. El nos dijo que “ni de coña” iba a pagar un tour para visitar la Bahía, que su plan era alquilar un kayak y navegar por su cuenta. Un poco se nos había hecho costumbre la independencia y libertad que nos daban las motos, y recorrer por nuestra cuenta, aunque implicara no ver tanto como lo podríamos hacer en un barco, nos gustaba más.

Luego de encontrar alojamiento en Catba, nos fuimos los cinco a buscar alguna playa; después de un camino de piedras sueltas, charcos y un poco de barro llegamos finalmente al mar; no era un sueño pero estaba bien, y por fin habíamos llegado a la playa! Después de casi dos meses de estar soñando con ella, no podía estar menos que contenta por estar ahí. Cuando ya nos estábamos haciendo a la idea de quedarnos hasta la noche disfrutando el mar, nuestra amiga rusa se puso un tanto impaciente e insistente con el hecho de que era tarde y debíamos volver, volver, volver cuanto antes. Dado que era la única que no tenía un medio de transporte nos pareció un poco fuera de lugar su reclamo, pero asimismo, siendo que no tenía como volver, nos pusimos en marcha después de una escasa hora de mar. Un poco autoritaria la rusa, no?

La mañana amaneció lluviosa; los nubarrones eran grandes pero poco a poco se iban disipando, y hacia la media mañana sólo quedaban rastros de ellos en el cielo soleado. Fuimos hacia el muelle, alquilamos nuestros kayaks y salimos a navegar, Ana y la rusa en un bote, Coni y yo en otro, y Albert remando solo. El día estaba hermoso, el sol brillaba y el mar, de color verdeazul, estaba calmo. Ya desde el principio de nuestra travesía podíamos ver todo aquello que hace de Halong Bay un lugar alucinante; karsts y más karsts en el horizonte y a nuestros lados; altísimos, imponentes, hermosos. Con Coni teníamos algunos problemas para controlar nuestro kayak, que se empeñaba en cambiar de dirección todo el tiempo así que íbamos describiendo eses en el agua, dos remadas a izquierda, tres a derecha, tres a izquierda, muchas a derecha porque nos desviamos! Y un poquito más a izquierda para emparejar! Así avanzábamos, con nuestro indeciso kayak y nuestra decisión de llegar a nuestra primera parada, la llamada Isla de los Monos (luego en la isla corroboramos que los Monos la gobiernan, cuando nos robaron una cerveza delante de nuestras narices!). Ana y Helena venían bastante rezagadas y Albert iba adelante nuestro, un poco más rápido, o al menos con un kayak menos borracho.

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Demás está decir que la foto se queda muy, muy corta!

A medida que íbamos llegando a la isla, dejábamos nuestros kayaks y entrábamos al mar a refrescarnos. Ana venía bastante lejos y eso me sorprendía un poco, siendo que ella sabe remar; Helena nos había contado que había servido en el Servicio Militar, por lo que todos pensábamos que iba a ser una especie de Ninja-McGuiver ruso, y dábamos por sentado sus habilidades navegando. Sin embargo, cuando llegaron a la costa, la cara de Ana demostraba que la rusa de McGuiver tenía poco, y de remera mucho menos. En las palabras de Ana, la rusa “acariciaba el agua con el remo”, ya a mitad de camino estaba cansada y decía sentir dolor en sus manos, sólo despues de 20 minutos de remar! Iba a estar complicado… Nos quedamos en la isla un rato, y luego del incidente del mono ladrón de birras, seguimos nuestro camino.

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Uno de nuestros kayaks en una de nuestras playas privadas

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El sol brillaba altísimo en el cielo, el mar era cálido y transparente y nosotros estábamos ahí, felices de ver todo lo que nos rodeaba y de poder conocerlo a nuestra gana, a nuestro ritmo y sin un plan demasiado fijo más que remar, encontrar una playa, descansar un rato y seguir. Halong Bay realmente era tan hermoso como nos lo habían descripto, pero estando ahí cualquier descripción, cualquier foto o relato se queda corto. Cada cierto tiempo me encontraba asombrandome de nuevo por todo lo que me rodeaba, y el mismo pensamiento se hacía presente: “no puedo creer que esto existe y que estoy acá”. Transmitirlo con palabras es imposible, y hacerlo a través de las fotos es insuficiente.

Recorrimos la Bahía durante unas seis o siete horas; encontramos pequeñas playas desiertas, fantaseamos con trepar un karst y tirarnos al agua desde lo más alto, tomamos sol, nos bañamos y hasta nos dimos el lujo de dejar de remar en el medio del mar y recostarnos en el kayak con los pies en el agua y el sol en la cara, el cuerpo cansado y el pecho inflado de felicidad, otra vez preguntándonos entre nosotros la misma pregunta: “vos sos consciente del lugar en donde estás?” Y la misma respuesta, invariablemente era “Sí, y no quiero que Hoy se termine”.

A la vez que el sol bajaba, volvimos remando a la Isla de los Monos a comer algo y darnos un último chapuzón antes de tener que emprender la vuelta, cosa que nadie quería hacer excepto la rusa, a quien se ve que la puesta del sol pone nerviosa. De todos modos debíamos volver antes de que oscureciera, nuestra insensatez no era tal como para volver remando de noche. De modo que después de un nutritivo refrigerio de papas fritas y gaseosas (muy sano todo), nos pusimos en marcha, coni remando sola, Ana nuevamente transportando a la rusa y Albert y yo adelante, buscando el camino de vuelta. El sol se ponía delante nuestro, asomando de a ratos entre los karst y tiñendo el cielo de rosas y naranjas, una vista perfecta para terminar un día perfecto. Finalmente llegamos al muelle, devolvimos nuestros kayaks y después de una última mirada a la Bahía volvimos, cansados pero felices, a nuestro hostel.

Al día siguiente, nuestros caminos se separaron; nosotras seguimos con nuestro viaje al sur, buscando acercarnos más a Ho Chi Minh, nuestra ciudad objetivo. A Helena le perdimos pisada, aunque en verdad nunca intentamos seguirla realmente; con Albert volvimos a encontrarnos un par de veces para compartir unas cervezas y ponernos al día acerca de como iban nuestros recorridos. Ahora ya en Camboya, Halong parece lejano pero si me preguntan, les puedo decir que el día de kayak fue para mí uno de los mejores días de viaje por Vietnam!

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El día en moto en el que todo salió mal (parte final)

Aun sigo relatando hechos reales, cualquier parecido con la ficción sigue siendo pura coincidencia

Despues de una noche de sueño reparador en nuestra habitación del Hilton en Bao Ha, desayunamos y nos disponemos a salir en busca de un taller mecánico. Ya desde las 9.00 a.m se siente el calor y sabemos que va a ser un día duro, de esos que hacen transpirar mucho. A eso de las 11.00 localizamos el que será nuestro Xe May (taller de motos en vietnamita) y nos disponemos a explicarles nuestro problema. El mecánico es un poco apático y directamente no nos habla, sino que lo hace a través de sus amigos presentes, que a su vez lo hacen a través de un celular donde una persona que entiende inglés nos hace de intérprete. Así todo es más fácil! Pedimos un precio y oh, sorpresa, el arreglo cuesta 500.000 dongs, igual que en el taller del día anterior. Resignadas, accedemos a pagar el precio pensando que evidentemente ha de salir eso siempre, nos sentamos en las sillas que nos ofrecen y esperamos a que nuestra moto este lista. Esta vez no hay correas largas ni cortas ni nada de eso, sino que el mecánico da con el repuesto adecuado, lo coloca y finalmente podemos volver hacia Hanoi, esperando poder hacerlo de un tirón y sin problemas.

Esta vez aprendimos y elegimos tomar una ruta secundaria, que tiene pueblos muy chiquitos, o más bien caseríos, sobre su vera. Si algo falla, encontrar un Xe May acá va a ser mucho más fácil que por otro camino. La suerte fue de nuestro lado, no hubo problemas y después de más de veinticuatro horas de haber dejado Sa Pa, con unos cuantos dongs menos en el bolsillo y tras unas cuatro horas de manejo llegamos, finalmente, a Hanoi. Ella es una vieja conocida así que rápidamente podemos encontrar un hostel donde dormir y prepararnos para el día siguiente ir a pedir service al taller donde nos vendieron la moto. Se supone ofrece service post venta y aunque sabemos que lo más probable es que no nos resuelva nada, al menos queremos sacarnos las ganas de decirle de todo menos lindo al dueño, y de paso hacer unos arreglos menores de luces y bocinas averiadas.

Llegamos al taller y por supuesto el dueño no está, sino que sólo están sus ayudantes. Dos de ellos directamente nos ignoran y el tercero, más amable, se dispone a ayudarnos. Llama por teléfono a su jefe para que hable con nosotras y le explico en términos poco amables lo sucedido: nuestra correa se rompió en medio de la ruta, el día fue nefasto, perdimos mucha plata y arreglame la moto porque te prendo fuego el taller, fue más o menos lo que le dije. Su respuesta fue que él se encontraba muy lejos como para hacer nada, pero que sus ayudantes lo iban a resolver. Realmente dudábamos de que fueran a hacer ningún arreglo sustancial y significativo, pero al menos queríamos que abriesen la moto y perdiesen algo de tiempo mirándola, así que eso pedimos. La correa que nos colocaron no muestra signos de mal funcionamiento, de hecho está en perfecto estado. Y así como le explicamos al mecánico de turno que se rompió ya dos veces y que seguramente necesita un nuevo repuesto? Lo intentamos, pero sólo logramos que engrasen una pieza (después de desarmarla a los golpes con un martillo) y ensamblen todo de nuevo. Muy tranquilizador. Al menos conseguimos que nos pongan una bocina nueva porque la vieja no funcionaba y que nos reemplacen unas luces… Esperemos que todo vaya bien por favor! Dejamos el taller y me quedo con un sabor a duda, pensando en que quizás debería haber pedido que nos den una correa extra de repuesto, sólo por si acaso. Prefiero pensar en positivo y decir que nada más nos va a pasar con esa moto, y nos vamos.

Al día siguiente preparamos nuestras mochilas y nos disponemos a hacer los 160 km que nos separan de nuestro próximo destino, la ciudad a donde pensamos ir para contratar un tour y navegar a través de la bahía de Halong, un lugar que les juro es terriblemente hermoso, pero que ahora no viene al caso. Salimos a la ruta y después de hacer la intensa salida de Hanoi, ya estamos encaminadas. El día transcurre sin mayores sobresaltos, nos vamos turnando para manejar y así, ya casi al final del día, es mi turno de manejar la moto negra, a la que tras tantos arreglos hemos bautizado como “maldita lisiada”. Así que ahí voy, manejando a la Lisiada y pensando “faltan sólo 30 km para llegar, qué bueno que no pasó nada!”. Hasta ahora… Les juro que no miento, que esto se dio tal cual lo cuento: terminando de formular esa frase en mi cabeza, siento que algo anda mal en la moto, y es que no acelera! Sigue andando por inercia, pero se está frenando y no responde al acelerador… Maldita lisiada!!! Empiezo a tocar bocina para avisar a mis compañeras, y sin decirnos nada, ya todas sabemos lo que pasa. La correa, la maldita Day Curoa, se volvió a cortar. Hicimos menos de 200 km con la nueva, y ya se volvió a romper. Ya estamos muy desalentadas con lo que pasa, no podemos creer nuestra suerte y sentimos que las motos están complicandonos bastante la existencia. Como hay que seguir, la ponemos de tiro y nos vamos a otro pueblo que está más adelante, a unos seis km según el GPS.

Ya somos expertas en llevar motos de tiro (desearía no haber tenido que dominar ese arte nunca) y cuando llegamos al pueblo vemos una señal del Universo: enorme, prolijo, muy limpio y bien organizado, el primer taller que aparece no es otra cosa que un centro oficial Yamaha. Si hasta tienen rampas especiales para subir las motos, no tenemos nada que envidiarle a los boxes de Valentino Rossi! Obviamente acá tampoco hablan inglés, pero están mucho más dispuestos a ayudarnos y nos hacemos entender rápidamente. El mecánico que ausculta a Lisiada no tarda mucho en encontrar el problema, porque está bastante a la vista; la correa no se cortó, se pulverizó! De lo que era sólo queda una especie de polvo granulado negro, pedazos sueltos de caucho y algunos hilos metálicos que parecen hilachas. Se ve que el arreglo a los martillazos que nos hicieron en Hanoi funcionó muuuy bien…

El nuevo mecánico parece entender lo que hace y rápidamente nos indica que la única solución es cambiar piezas de la moto, la Lisiada necesita un trasplante si queremos que siga viva, y lo peor es que no tiene obra social. Problemon! Nos traen las piezas nuevas, nos dicen el precio y casi nos infartamos: 1.750.000 dongs. Un millón setecientos cincuenta mil dongs. Les entró en la cabeza? Son algo así como 90 dólares, que acá en Asia es como ser medio millonario: con esa plata podemos comprar seis noches de alojamiento, o 30 comidas, 50 botellas de agua… En fin, es mucha plata y nos amarga tener que gastarla en esto. Que no se malinterprete, no somos ratas, es sólo que el viaje en moto se suponía sería divertido, relajado, libre. En lugar de eso, hasta ahora sólo estuvimos preocupadas por el funcionamiento de las motos y poniendo dinero en ellas sabiendo que las ibamos a vender en pocos días. Estamos un poco tristes y desanimadas, esto no se suponía que resultara así pero es lo que es, y tenemos que tomar una decisión: pagar los repuestos y seguir, o poner solo una correa nueva que llegue hasta Hanoi, los km suficientes como para ir, vender las motos y tratar de recuperar la mayor parte de lo invertido. Sopesamos las posibilidades y nos decidimos por la primera, pagar el repuesto y seguir. Es caro, da mucha bronca haber sido tan estafadas y no se siente como justo, pero el viaje en moto nos parece algo que vale la pena y preferimos arriesgar, y ver que podemos ganar.

Una hora después nos vamos, con los bolsillos doloridos y el ánimo un poco por el piso tras haber gastado tanta plata. Mientras hacemos los 30 km que nos separan de Halong, nos vamos calmando, pensando en que tenemos suerte de tener el dinero para poder haber hecho el arreglo y que si bien no todo salió como planeábamos, no podemos dejar que esto nos amargue. Después de todo, estamos en Vietnam viajando con nuestras propias motos, recorriendo el pais entero por nuestra cuenta y a nuestra gana, y cuanta gente puede siquiera darse el lujo de decir eso?

EPÍLOGO 

Ya pasaron más de 20 días desde aquel último incidente de la correa pulverizada y los millones de dongs. Desde aquel arreglo, no volvimos a tener problemas con Maldita Lisiada y hasta la rebautizamos como Maldita Tuneada. El viaje siguió y ahora mismo estamos en Ho Chi Minh, después de haber recorrido aproximadamente 2000 kilómetros en nuestras motos. Vimos los paisajes más espectaculares que puedan imaginarse, conocimos todo tipo de gente y sobre todo disfrutamos la enorme libertad que supone subirse a una moto y salir en busca de esa playa escondida, de la montaña que sea la más hermosa, o del pueblo que te hospede por una noche pero donde te hagan sentir como en casa (tuvimos mucho de eso). Ahora ha llegado el momento de despedirnos de nuestras motos, agradecerles por habernos llevado a tantos lugares increíbles y venderlas. Incluso habiendo gastado dinero, tiempo y paciencia en ellas, puedo decir que estoy feliz de haber vivido está experiencia y ahora que llega a su fin, no puedo evitar sentirme un poco triste por ello. Nuestro viaje ahora sigue por Camboya, a seguir descubriendo, aprendiendo y conociendo mundo, esta vez con las mochilas al hombro y en transporte público. Igual va a ser genial, pero nunca nada va a comprarse con nuestra aventura en moto.

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Así iniciaba nuestro último día de viaje en moto!

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