El día en moto en el que todo salió mal (parte II)

Los hechos y personajes de esta historia pertenecen, aún, a la realidad. Cualquier parecido con la ficción, sigue siendo pura coincidencia. 

Los primeros dos kilómetros fueron suficientes para que termináramos de aceptar que teníamos que arreglarnoslas solas, y para darnos cuenta de que la solución siempre estuvo al alcance de nuestras mochilas. Sam Gamyi dijo “nunca emprendas un viaje sin empacar una cuerda”, y yo le hice caso. Así es, en el bolsillo de mi mochila hay unos metros de soga que usamos para colgar nuestra ropa en los hoteles (muy decorativo), y que ahora podía servirnos perfectamente para llevar la moto de tiro hasta algún taller. No sonaba fácil pero dado que no había opción, tampoco había lugar para dudas.

Finalmente, llegamos al encuentro de Ana; nos alivia verla, saber que no le pasó nada y que la moto sigue intacta. Entre tragos de agua nos cuenta la historia más inverosímil: en el tiempo en que nosotras no estuvimos, pararon dos chicos en moto y la llevaron a un taller; el precio que le pedían por el arreglo era bastante abultado para ser Vietnam (500.000 dong, algo así como 25 dólares) y por no desencontrarse con nosotras prefirió rechazar la oferta y volver a la ruta. Los chicos la acompañaron y la dejaron en el mismo lugar, a la espera de nosotras. Si todos los vietnamitas fueran así, todo sería tan fácil!! El taller está cerca, hay que salir de la ruta por una bajada de tierra improvisada y manejar aproximadamente un kilómetro. Con energía renovada, y pensando que todo está encaminándose, nos encaminamos nosotras también a la bajada, para volver al taller. Quizás allá podemos regatear el precio, y abaratar un poco los costos.

La barranca no es alta ni muy empinada, pero de todos modos intimida; está llena de piedras grandes que están un poco sueltas, tiene barro y hay que pasar por debajo de un cerco de alambre roto, cuya abertura tiene la altura suficiente para una moto y una persona. Allá vamos, bajamos primero la moto que funciona sin mayores problemas, y entre las tres bajamos la otra. Solamente nos embarramos un poco las zapatillas, podría haber sido peor. Atamos una moto a la otra y llegamos finalmente al taller, muertas de calor y un poco cansadas, esperando solucionar rápidamente el problema y asi poder volver a ponernos en marcha. Hanoi no está tan lejos, son algo así como las 15.30 y quizás podemos llegar o al menos acercarnos bastante, si todo sale bien.

El mecánico no está, sólo está su familia. Nos dan unas sillas plásticas y hablando a los gritos nos dicen que lo esperemos, mientras alrededor empieza a aparecer lentamente un grupo de curiosos vecinos, algo a lo que nos hemos acostumbrado en los pequeños pueblos. A lo que sigo sin poder acostumbrarme es al humor de los vietnamitas; sin ningún tipo de reparo nos señalan, hablan entre ellos, se ríen, nos miran, se vuelven a reír. Es verdaderamente irritante, sobre todo cuando las cosas no se te vienen dando bien y lo que menos querés es sentir que además, se burlan de vos. Llamenle paranoia, histeria, como quieran, pero les aseguro que colma la paciencia.

Finalmente, y después de media hora de espera, llega el mecánico. Abre la moto, saca la correa rota, y nos dice su invariable precio: 500.000 dong. Intentamos regatear, pero es inutil, el mecánico se mantiene en sus trece y su esposa, uno de los personajes satélites de la historia, vocifera en vietnamita, se sigue riendo y señala nuestra cartera. Qué personaje más exasperante! La negociación sigue por 15 minutos y cuando vemos que no vamos a tener alternativa, accedemos, resignadas, a pagar lo que nos piden. Cabe recordar que todo esto transcurre en vietnamita y con un odioso traductor de intermediario, que sigue empecinado en incomunicarnos. El mecánico finalmente asiente con la cabeza y nos hace entender que tiene que ir a comprar la nueva correa, que ya viene. Genial, más tiempo de espera con su esposa gritona y su séquito de vietnamitas curiosos, que de a ratos son agradables y de a ratos no tanto. Nos sentamos a esperar el repuesto, mientras internamente aceptamos que llegar hoy a Hanoi no va a ser posible, con suerte mañana.

Cuarenta minutos después, nuevamente hace su entrada triunfal a la escena, EL mecánico, y está vez trae el preciado repuesto salvador. Menos mal, ya son pasadas las 17.30 y en un rato empieza a oscurecer, hay que irse de acá cuanto antes. El séquito de vietnamitas se reúne alrededor de la moto, las chicas esperan sentadas y yo me acerco a mirar, y lo que veo no lo creo. La correa que trajo es grande, no sirve para esta moto; comunico lo que pasa y las chicas no saben si reirse o llorar. El mecánico prueba de mil maneras pero no hay caso, hay que buscar otra que quede bien. Nuevamente el mecánico se retira de la escena, y ya son más de las 6 de la tarde. Nos prometió volver para las 19.00, cosa que a esta altura nos cuesta creer, pero de todos modos, que opción tenemos? Ya nos parece una estafa pagar 500.000 por un arreglo y tres horas de espera, estamos ofuscadas y sobre todo, cansadas. El calor y la ruta dejaron huella en nosotras, estamos transpiradas y cubiertas de tierra y en lo único que pensamos es en irnos de este taller, encontrar alojamiento, darnos una buena ducha y si tenemos suerte, encontrar algo abierto para cenar. El grupo de vietnamitas que nos rodea se renueva constantemente, algunos que se fueron volvieron, otras son caras nuevas, y la irritante esposa sigue firme. No es sino hasta las 19.30 que el mecánico finalmente vuelve, está vez con la correa que sí encastra… o al menos eso cree él.

La siguiente escena era para verla; el mecánico en cuclillas delante de la moto, al menos diez vecinos mirando y nosotras, también. El mecánico trabaja y todos estamos expectantes a los resultados, no nos queremos perder movimiento. Si alguien nos hubiera visto, hubiera pensado que estábamos mirando la final de un Mundial de fútbol por penales o algo parecido, toda nuestra atención concentrada en la moto y su repuesto. Primer intento, y la correa no calza. Segundo intento, desde otro ángulo, y no calza. Mirando bien, vemos el problema: a la nueva correa le faltan al menos cinco centímetros para llegar a su lugar; señoras y señores del público presente, lamento comunicarles que la correa ahora, es corta. Si no creen lo que leen, imaginen lo que sería vivirlo. Casi cuatro horas esperando un arreglo, sucias, cansadas y desanimadas; cuatro horas de espera que perdimos de viaje, de visa, de nuestro tiempo en Vietnam, y todo para que? Para una correa corta!

En el taller la expectativa está a punto de ebullición y nuestra sangre ya hierve hace rato, nos queremos ir de ahí como sea, ya no nos importa que sea con la moto arreglada, de tiro, a la rastra, nos vamos y punto. No entendemos nada de mecánica pero cuando ves que están entre dos queriendo poner un repuesto con dos destornilladores y un martillo, te das cuenta que algo va mal, y no queremos pagar por un arreglo mal hecho. Pedimos que nos armen la moto, la volvemos a atar y otra vez a la ruta con la moto de tiro. Ah, les dije que ya es de noche?

Noche. Es de noche y seguimos, después de cinco horas, en la misma ruta frente a la misma barranca de tierra, sólo que esta vez hay que subirla y eso no es tarea fácil. Sam Gamyi no dijo nada acerca de linternas pero yo llevo una conmigo, así que linterna colgada y manos dispuestas, empezamos a empujar. Si la bajada costó, la subida es peor; el barro nos hace resbalar, la moto casi se cae y nosotras con ella, no vemos nada y esto recién empieza. Finalmente logramos equilibrarla y entre la moto de adelante que tira y nosotras que empujamos, la logramos subir. “Ayelen, todo pasa por algo. Esto como todo es un aprendizaje, tenés dos compañeras de puta madre y vamos a salir de esta” me digo a mi misma, y después miro el cielo, donde mi estrellas brillan. Respiro hondo y a seguir.

Coni maneja la moto de adelante y yo llevo el GPS. Ana, en la moto rota, la dirige y así nos disponemos a marchar. Lo único que deseo es que la moto no se quede, que aguante tirando, por favor Universo no seas tan malo! Son sólo 15 km hasta el siguiente pueblo, y si todo sale bien deberíamos llegar a eso de las 21.30. En esta parte, las cosas salieron bien y a 20 km/h llegamos finalmente a Bao Ha, donde iríamos a pasar la noche. Ahora a buscar alojamiento, y ojalá encontremos rápido porque esta situación no da para más, o mejor dicho nosotras no damos más!

Además de talleres, lo que abunda en Vietnam son las Na Nghi, u hoteles familiares. En general son modestos pero tienen todo lo que necesitamos: agua caliente, internet, ventilador o aire acondicionado y además, son súper baratos. De modo que sin buscar demasiado, entramos a la primera que encontramos. 250.000 dongs (10 dólares entre las tres), dos camas grandes y ducha caliente; en este momento lo veo como la suite presidencial del Hilton, y ahí nos quedamos. Paramos las motos, dejamos las mochilas y nos sentamos, extenuadas. La gente del hotel es más que amable y nos trae fruta, agua fresca y se ofrecen a mostrarnos un restaurante cerca, y estamos más que agradecidas. Después de un día de hostilidad, un poco de hospitalidad siempre viene bien.

Nos miro y no puedo creer todo lo que pasamos hoy: el Universo nos dio una linda sacudida fuera de nuestra zona de confort, más bien es como si nos hubiera catapultado lejos, bien lejos. Y sin embargo acá estamos, las tres enteras y aliviadas por haber encontrado nuestro Hilton, un poco recordando y riéndonos de lo que pasamos, es que realmente parece mentira! La verdad, me alegro de estar con la gente que estoy en viaje y admiro la fortaleza de la que hicimos despliegue hoy. Mañana será otro día y ya veremos cómo arreglamos la moto, hoy por lo pronto nos vamos a comer y a dormir. Cansadas sí, pero vencidas jamás!

Anuncios