El día en moto en el que todo salió mal (parte I)

Los personajes y hechos relatados en esta historia son reales. Cualquier parecido con la ficción, es pura coincidencia.

Salimos desde Sa Pa, un pueblo de montaña en el norte de Vietnam con destino a Hanoi. Como siempre nos levantamos temprano y, como siempre, salimos tarde. Otra vez. Siempre, invariablemente y no importa cuanto lo intentemos, subir a la moto y salir nos lleva tres horas; el por qué no lo sé y tampoco es momento de dilucidarlo ni buscar causas, no nos desconcentremos por favor. Recapitulando, son las 10.30 a.m, el sol brilla en Sa Pa y finalmente nos pusimos en camino. Aunque ninguna lo dice todas pensamos que si hacemos paradas cortas y ponemos un poquito de esfuerzo, quizás hagamos la ruta a Hanoi en un día, después de todo son menos de 300 km. Vieron que dicen “uno propone y el Universo dispone”? Y bueno, más o menos así fue la cosa. Pero dejen que les siga contando.

El camino de montaña que desciende hacia Lao Cai y desemboca en la ruta que nos lleva a destino es sinuoso, con mil curvas y contra curvas y hoy está particularmente transitado. Hacemos el descenso sin mayores problemas; salvo por una Fortuner desesperada por pasar que constantemente nos cerraba el camino, no hubo nada que nos complicara la ruta. A eso de las 12.00 ya habíamos terminado la bajada y nos encaminábamos a Lao Cai, un poco cubiertas de tierra pero contentas porque luego de la bajada todo el camino es plano, recto, sencillo y predecible. Las expectativas de llegar a Hanoi aumentan, aunque nadie las comenta “para no quemarlas”.

En la ruta, una moto es la que guía con el GPS y la otra sigue, siempre atrás. Cada vez que la moto de atrás desaparece de la vista, frenamos y la esperamos, y si no aparece volvemos hacia atrás a buscarla. Ese es nuestro sistema para no perdernos ni desviarnos y hasta ahora nos funciona bien, tampoco es mucha ciencia verdad? De modo que así veníamos, bajo el sol abrasador del mediodía vietnamita, con la temperatura por encima de los 35 grados, sin exagerar. Lo bueno de la moto es que el vientito te da en la cara y entonces el calor no se siente tanto, asi que no nos quejamos y seguimos avanzando. Todo marcha bien Millhouse!

De pronto, y luego de una curva, vemos hacia atrás y la moto negra no viene. Bajamos la velocidad para que nos alcance, seguro ya llega… O quizás no. Frenamos a cero y damos la vuelta para volver a buscarla. Ninguna lo dice pero las dos pensamos que algo pasó con esa moto, no es la primera vez que nos deja a pata, y estamos preocupadas. A menos de un kilómetro, la vemos. Paradas en la banquina, moto y conductora esperan bajo el calcinante sol, sin poder seguir. El problema? Correa cortada, la moto no acelera, no puede avanzar.

El calor aprieta tanto que exprime cada gota de transpiración que nos puede sacar, no hay una sola nube que cubra el sol, ni un árbol al costado de la ruta donde refugiarse. En pocas palabras, estamos jodidas, y la expectativa de llegar a Hanoi es un gran globo a punto de estallar. El que busca encuentra, vemos una sombra mínima pero suficiente para resguardar a una de nosotras y ahí vamos, empujando la moto cargada con casi 20 kg de equipaje, transpirando y pensando “que mierda hacemos ahora?”. Conductora y moto se quedan en la ruta, a la espera del auxilio que podamos conseguir en el próximo pueblo, que está a 15 km. Así que ahí vamos Coni y yo, traductor en mano y a toda velocidad (60 km/h, más que eso la moto no da) a buscar ayuda.

Llegamos a la entrada de Pho Lu, y rápidamente ubicamos un taller. En Vietnam hay tantas motos que los talleres mecánicos están cada 300 metros, eso es algo bueno. Ya son las 14.30, el calor nunca afloja y no podemos dejar de pensar en que Ana está en la ruta, sola y con una moto que no anda. En el taller naturalmente no hablan inglés,  e intentamos hacernos entender mediante el traductor, que más que ayudarnos complica las cosas, traduciendo lo que se le antoja y nunca formando una frase coherente. Finalmente nos entienden que hay una moto en la ruta y que necesitamos ayuda; el mecánico no tiene mucha pinta de querer esforzarse en ayudarnos y nos dice que tenemos que traer la moto rota al pueblo para que él la pueda ver. -Si la moto anduviera no estaríamos acá en primer lugar- es lo que pensamos, pero logramos hacerle entender que necesitamos un pick up, algo que nos traiga la moto. -ok ok- nos dice el mecánico, se sienta, nos sirve una taza de té, agarra el teléfono y empieza a hablar. Coni fue a ponerle combustible a la moto que si funciona y yo espero, ansiosa, los resultados que el mecánico pueda darnos, pero su charla telefónica parece interminable. Finalmente corta; le pregunto si consiguió un pick up, a lo que contesta que no mientras, muy tranquilo, se pone a fumar y a escribir frases intraducibles en el traductor obsoleto. La situación es bastante desesperante y cuando Coni vuelve, nada ha cambiado: el mecánico no ayuda, pick up no hay y lo único que avanza es el reloj. Sin ninguna respuesta, nos vamos a buscar ayuda en la estación de servicio.

La chica que atiende en la estación parece mucho más dispuesta a ayudarnos, o al menos a intentar entendernos. Nuevamente, el traductor incomunica pero entre señas, gestos, y palabras sueltas, entienden nuestro problema. “Ahora sí” pensamos, pero una vez más nos vamos con las manos vacías, y ya pensamos que conseguir ayuda en el pueblo va a ser difícil. Esta gente nunca se queda en la ruta?! Ya pasó casi una hora y Ana sigue sola, tenemos que volver. De golpe se nos prende la lamparita: El peaje!! En el peaje tienen que ayudarnos, somos unas boludas por no pensarlo antes, que tontas!

Llegamos al peaje con una estrategia, decirles que hay una urgencia en la ruta, que necesitamos ayuda. Ya aprendimos que intentar explicarles todo solamente complica las cosas, hay que simplificar. Salen a nuestro encuentro tres o cuatro empleados porque por esta ruta no pueden circular motos, asi que frenamos, y empezamos a explicarles cómo podemos. “Emergencia!!” Escribimos en el traductor, seguido de “yamaha nuovo en la ruta”. Pensamos que eso es suficiente para que al menos se pongan en alerta pero en lugar de eso se miran entre ellos y se ríen. Sí, se ríen y no se mueven del lugar, no entiendo el sentido del humor de esta gente y a esta altura lo encuentro bastante irritante. Su única propuesta es dejarnos pasar y volver a la ruta, flaco favor nos hacen… No tienen ningún teléfono de contacto de un servicio de emergencias, no parecen estar dispuestos a hacer algo por nosotras y nuestras opciones se agotaron.

Solamente nos queda volver a la ruta, encontrarnos con Ana y hacer dedo, a ver si alguien frena a ayudarnos. Resueltas, emprendemos la vuelta, esperando encontrar todo tal y como lo dejamos antes de irnos hace poco más de una hora. Cómo vamos a salir de esta, todavía no lo sabemos. Tenemos 15 km de viaje de vuelta para dilucidarlo.

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